En Cover-Up (2025), Laura Poitras desplaza con brillantez el eje de su mirada. Si en Citizenfour (2014) se situaba junto al denunciante —Edward Snowden, aislado en una habitación de hotel en Hong Kong mientras el mundo cambiaba de rumbo—, aquí decide seguir al que escucha, procesa y publica. El gesto no es menor: Poitras ya no filma el instante de la delación, sino el trayecto largo, incierto y muchas veces ingrato de la investigación periodística subsiguiente. El protagonista es Seymour Hersh, 88 años, una figura periodística de otra época que continúa incomodando e interrogando al presente.

Desde el inicio, la película se organiza alrededor de una pregunta esencial: ¿de dónde viene la información? Poitras interroga a Hersh sobre sus fuentes, esos nombres que no existen, esas voces que irrumpen sin aviso y que han sostenido toda una carrera. Associated Press, The New York Times, The New Yorker: la biografía profesional de Hersh está edificada sobre la confianza en lo anónimo. Cover-Up no idealiza ese pacto; lo muestra como una relación frágil, atravesada por el riesgo permanente del error, como ocurrió con la publicación de The Dark Side of Camelot, su polémico libro sobre John F. Kennedy.

Pero Poitras va más lejos: Hersh no siempre se siente cómodo frente a la cámara. El documental deja ver, sin subrayados, su desconfianza inicial hacia Laura Poitras y el codirector Mark Obenhaus, su duda sobre si debía o no confiar en ellos, incluso su negativa, en un momento dado, a seguir dando declaraciones cuando percibe que la película puede volverse otro frente de exposición. No es un recelo circunstancial: Poitras llevaba cerca de veinte años intentando acercarse a él, desde los reportajes de Abu Ghraib, y ese tiempo acumulado también pesa en la relación. En un momento dado del documental Hersh parece querer retirarse, cerrar la puerta, preservar el silencio. Esa incomodidad no interrumpe la película: la define. Es ahí donde Cover-Up encuentra su centro, al mostrar al periodista que ha vivido de la confianza ajena enfrentado, por una vez, a la fragilidad de la suya propia.

Hersh habla desde la experiencia acumulada de la sospecha: tiene muchas razones para creer que los sucesivos gobernantes y gobiernos de los Estados Unidos le han mentido sistemáticamente a su pueblo y al mundo. Fue él quien destapó la masacre de My Lai en Vietnam y su encubrimiento, quien investigó Watergate luego de la primicia de Woodward & Bernstein, los bombardeos secretos en Camboya, el espionaje interno de la CIA y las torturas en Abu Ghraib. No es casual que, como señala la propia Poitras en declaraciones a Columbia Journalism Review (03/12/25), Hersh haya logrado incomodar a todas las administraciones, sin distinción partidista: gobierne quien gobierne, “siempre ha sabido meterse bajo la piel del poder”. JFK, Johnson, Nixon, Reagan, Carter, Obama, Biden, Trump. Ese periodismo abiertamente confrontacional, ejercido sin lealtades estables, es el que la película observa con atención, pero también con distancia. Poitras integra estos hitos no como un listado de méritos, sino como capas de desconfianza mal sedimentada. En la película, el pasado de Hersh no lo protege. Más bien lo acompaña como una carga: cada investigación, cada revelación previa, parece haberle enseñado a desconfiar un poco más.

Ahí es donde Cover-Up se vuelve más incómoda y, a la vez, más honesta. Poitras no esquiva las críticas a Hersh por su uso persistente de fuentes anónimas ni las controversias de sus investigaciones más recientes —Siria, Bin Laden, Nord Stream— que han erosionado su figura pública. La película no busca absolverlo ni desacreditarlo, sino observar su método cuando incluso el propio periodista duda de quién está del otro lado de la grabadora. Más que un retrato individual, Cover-Up es una reflexión sobre el periodismo como acto de fe y de riesgo: creer en una fuente, creer en una historia, creer —o no— en quien está filmando.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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