En el número de la revista Rolling Stone dedicado a los 50 artistas más importantes de todos los tiempos, lanzado en abril de 2004, Bono la voz líder de U2, escribió un homenaje a Elvis Presley que en uno de sus apartes dice: “A medida que él cambiaba de forma, también lo hacía el mundo: fue un ícono con estilo de los años cincuenta que encarnaba lo que los sesenta eran capaces de ser, y luego, de repente, dejó de serlo. En los setenta convirtió la celebridad en un deporte sangriento, pero, curiosamente, cuanto más caía a la tierra, más divino se volvía para sus fans. Sus últimas presentaciones muestran una voz aún más grande que su vientre, ante la cual uno derrama lágrimas verdaderas mientras el mesías de la música canta con el corazón exhausto, transformando el casino en templo”. Esas palabras son exacta e inesperadamente el resumen de lo que vemos en EPiC: Elvis Presley in Concert (2025), el documental de Baz Luhrmann sobre los años, al final de su carrera, en los que Elvis se dedicó a hacer conciertos en vivo.

El origen del proyecto de EPiC es casi novelesco. Durante la preparación de la biopic Elvis (2022), Luhrmann envió investigadores a las bóvedas cinematográficas de Warner Bros., enterradas en minas de sal subterráneas en Kansas. Allí aparecieron 68 cajas de negativos —más material inédito en 8 mm— correspondientes a dos documentales previos Elvis: That’s the Way It Is (1970) y Elvis on Tour (1972). En total, 59 horas de imagen sin sonido que exigieron dos años de restauración y un minucioso trabajo de reconstrucción sonora a partir de fuentes dispersas. Sin embargo, el hallazgo decisivo fue otro: una entrevista perdida de audio de 45 minutos de Elvis hablando con franqueza sobre su vida y su música. De ahí la decisión formal que define la película: no explicar al mito, sino dejar que él mismo cante y narre en primera persona, en una suerte de autobiografía cantada. El resultado —ovacionado durante su estreno en el Festival de Cine de Toronto— entrelaza el show del Hotel International de Las Vegas en 1970 y la gira de 1972 para revelar a un artista que rechazó la nostalgia fácil y buscó un “sonido grande”, capaz de convertir cada canción en una suerte de plegaria. Casino y templo, espectáculo y fe: en esa tensión habita el verdadero Elvis.

Es evidente tras ver Elvis: That’s the Way It Is y Elvis on Tour, que Luhrmann se inspiró en ellos y en los negativos descubiertos para construir la puesta en escena de la biopic que protagonizó Austin Butler en 2022: no tuvo que inventar nada ni dejar nada la imaginación, le bastó recrear lo más verazmente posible a un personaje que le brindaba todo el histrionismo que él, como autor tan particular que es, buscaba. Ahora bien, para hacer EPiC el asunto se antojaba (por lo menos en teoría) más fácil: tenía todo un material ya listo y visto –el de los dos documentales- más lo que se encontró en los archivos de la Warner. La apuesta era restaurar todo ese metraje y en el proceso de montaje convertirlo en algo nuevo, en algo propio. Una mirada al mito de Elvis desde su óptica autoral y con los recursos audiovisuales del siglo XXI. No había como fallar y no lo hizo. EPiC brilla y reluce, pero por fortuna no rechina. Baz Luhrmann lo admira, no iba a traicionarlo.

Quizá ese tacto a la hora de abordar al personaje hace que este documental se apoye demasiado en los dos documentales previos. De Elvis: That’s the Way It Is tiene los ensayos en Culver City y el show del hotel en Las Vegas y de Elvis on Tour las presentaciones que hizo en los lugares más inesperados de su país y que demuestran el calibre de su popularidad. En EPiC no hay una transición clara entre los shows, pero no hay lugar a dudas de que no siempre está en el lujoso auditorio de Las Vegas. Luhrmann ofrece una mezcla virtuosa de los diversos conciertos, con una narración que hace el propio artista tanto en off como respondiendo entrevistas en ruedas de prensa, pero sin ofrecer contexto alguno de las presentaciones. Varias de sus declaraciones –y es algo muy llamativo- están contenidas ya en Elvis on Tour, como si Baz Luhrmann se hubiera apegado a un libreto ya establecido. Esa decisión, que por momentos limita la novedad, también refuerza la idea central: dejar que Elvis, incluso desde el archivo, siga teniendo la última palabra.

Ese Elvis siempre dio crédito a sus músicos y coristas, artistas con los que tenía una relación muy estrecha, y uno echa de menos que Luhrmann no haya incluido metraje en el que el artista los presenta. ¿Quiénes son las coristas negras? ¿Cómo se llama la cantante blanca que hace coros en la gira nacional? ¿Hay dos coros masculinos diferentes? ¿Quién es el director de la orquesta en Las Vegas? ¿Y el guitarrista líder? Las respuestas, obviamente, están en los documentales previos, que por cierto contaron con consejería técnica (supongo que minuciosa) del coronel Tom Parker, el celebérrimo manager de Elvis. El director de fotografía de Elvis: That’s the Way It Is fue nada menos que el maestro Lucien Ballard, mientras que el supervisor de montaje de Elvis on Tour –un filme que siempre muestra una pantalla dividida- fue un joven llamado Martin Scorsese, que venía de hacer la edición de Woodstock (1970). Como puede verse, no se trata de documentales ignotos o despreciables: fueron la crónica de un suceso que se estaba dando en tiempo real.

Lo interesante, entonces, no es tanto el material como la mirada que lo reorganiza. Si en Elvis: That’s the Way It Is predominaba la observación objetiva, casi periodística, y en Elvis on Tour la experimentación formal de esa omnipresente pantalla partida en dos o en tres segmentos, en EPiC lo que emerge es una narrativa centrada en el hombre que intenta sostener su propio mito, gracias a un público de fieles que lo adoran. Luhrmann no busca exactamente documentar una gira ni registrar un fenómeno pop: busca mostrarnos una redención personal. EPiC se inicia con un resumen de los primeros años del artista, haciendo énfasis en su carrera en el cine y en cómo esta lo decepcionaba y a la vez corría el riesgo de encasillarlo. El revulsivo fue dedicarse a cantar en vivo para encontrarse de frente con su feligresía y ahí reencontrar la gracia que en un momento sintió irrecuperable. Esos conciertos –más de 1000 entre 1969 y 1977- se constituían en un pacto entre él y el público, que le celebraba todos sus excesos, manierismos y vacilaciones. Luhrmann entiende que el mito de Elvis no se sostiene por pureza sino por contradicción. Cuanto más humano —más obeso, más kitsch, más excesivo—, más divino se vuelve para sus fanáticos. EPiC no blanquea la imagen de Elvis: la exacerba hasta que casino y catedral se confunden. Y en esa confusión, la película encuentra su verdad.

Este texto empezó con Bono y con él termina, tal como EPiC. En su epilogo escuchamos la voz de Bono recitando, con tono de rap, un fragmento de su poema de 1995 “American David” en el que desarma al ídolo línea por línea: Elvis como “white trash”, Elvis el que no oyó los disparos que mataron a Martin Luther King en Memphis, Elvis y las chicas de 14 años, Elvis devorando América antes de que América lo devorara a él. El poema funciona como contrapunto crítico y elegía pop. Allí está el Elvis vulgar y sagrado, el del Cadillac y el del templo, el del exceso calórico y el del sacrificio casi bíblico. El hombre que murió a los 42 años, cuando su cuerpo se cansó de ser mortal. Ese mismo día empezó a ser un icono sacro. Glory, glory hallelujah, his truth is marching on…
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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