El tercer largometraje de la directora, guionista y actriz noruega Mona Fastvold, El testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, 2025), es a la vez un hallazgo y una consecuencia. Presentarnos la vida de la predicadora y religiosa inglesa Ann Lee, que en el siglo XVIII se declaraba como la contraparte femenina de Jesús y por ende en su reencarnación, es todo un descubrimiento, sobre todo formal: esta no es una biopic convencional, sino absolutamente ferviente. Pero, a la vez, esta película es la consecuencia directa de la mirada que Mona Fastvold ha arrojado sobre el universo femenino en sus filmes previos: las dos hermanas de The Sleepwalker (2014) y las dos inesperadas amantes de El mundo que viene (The World to Come, 2020). Ahí están expuestos, en diversos grados, tanto la sororidad como el deseo y la pasión. Solo necesitaba sublimar esos sentimientos y darles un carácter místico para reflejarlos en la vida de la madre Ann Lee y sus seguidores, que conformaron la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Venida de Cristo, una secta protestante que promulgaba la castidad, pero que hacía del baile, la agitación de sus cuerpos (shake) y sus cantos una forma de expresión inesperadamente sensual y absolutamente extática.

Mona Fastvold y su esposo Brady Corbet –ambos coguionistas de El testamento de Ann Lee– se antojan seducidos por el culto shaker de Ann Lee y por eso toman partido por ella al momento de construir esta biopic sobre una mujer de fe, tan valerosa como por momentos alucinada, que se puso en peligro una y otra vez en medio de una sociedad ultra patriarcal y supersticiosa que veía con sospecha a una mujer no solo predicadora, sino convencida de ser la contraparte femenina de Cristo y por ello dispuesta a propagar su palabra mediante una doctrina estricta que implicaba la castidad y la confesión pública de los pecados como los únicos caminos para alcanzar la salvación, y que adoraba a Dios mediante unos bailes coreográficos que entre temblores y sacudidas, buscaban la expiación del pecado.

Si queríamos experimentar ese arrobamiento espiritual de cerca, entonces El testamento de Ann Lee debía ser un musical, pero más que eso, una suerte de liturgia, un rito. Y esa es exactamente la aproximación de Mona Fastvold, más creyente que biográfica, más musical que narrativa. El compositor Daniel Blumberg hizo los arreglos musicales necesarios para traer de nuevo a la vida varios himnos originales de la secta y compuso tres canciones originales para la película. Melodías que no solo alaban, sino que en el contexto del filme cuentan lo que están sintiendo los personajes, sus tribulaciones y pasiones. Canciones que narran, documentan y alimentan el mito de una mujer convencida de su misión salvadora. Aunque los guionistas reconocen en los créditos los trabajos históricos que han recopilado y documentado la vida y trayectoria de Ann Lee, la verdad es que una mujer que vivió entre 1736 y 1784 y que se debatió entre la santidad, la prisión y las acusaciones de brujería, es ante todo sujeto de leyenda más que de una biografía rigurosa.

Amanda Seyfried da vida a Ann Lee con la convicción de estar interpretando a una líder religiosa que inspiró y transformó la vida de muchas personas, gracias a su renuncia voluntaria –y radical- a la cohabitación carnal. Su celibato –algo no tan sencillo de asumir para toda su feligresía- no significaba exactamente una renuncia, sino una transformación del placer en un rito que en medio de los canticos, la cadencia de los bailes y los movimientos de sus brazos y sus cabezas parecían estar abrazando una forma alterna y nada despreciable del placer. En ese paso del cuerpo individual al ritual colectivo, de la represión sexual al éxtasis espiritual, es donde El testamento de Ann Lee encuentra tanto su mayor virtud como su frontera. Porque si bien Mona Fastvold logra sumergirnos en la intensidad sensorial y emocional de la experiencia shaker, también renuncia a cualquier distancia crítica frente a Ann Lee. La directora y coguionista no observa: cree, o al menos actúa como si creyera. Más que narrar una vida, la película la encarna. El resultado es tan coherente en su apuesta como problemático en sus implicaciones: una obra que no se limita a representar una secta, sino que por momentos parece querer convertirnos en parte de ella.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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