La mayoría de los protagonistas de Sirât (2025) están hace años huyendo de la realidad. Steff, Jade, Bigui, Tonin y en menos medida Josh, son bohemios veteranos, que han hecho de la precariedad y de la temporalidad una vocación. Nada los ata, van –gracias a sus casas rodantes- de rave en rave buscando nuevas sensaciones y nuevos estímulos visuales, sonoros y de origen psicotrópico. Sirât los encuentra en una rave en el desierto marroquí en medio de jóvenes a los que ellos doblan en edad. Desconocemos sus antecedentes, su origen parece ser francés y dado que sus nombres son los mismos de los actores que los interpretan, no parece iluso suponer que los personajes de esta ficción están representando lo que los actores de este filme son en realidad: ravers profesionales, hippies del siglo XXI, sembradores de utopías, ciudadanos de un mundo sin fronteras y tampoco sin obligaciones. El escapismo es su credo, pero la realidad está dispuesta a alcanzarlos.

En esa rave van a coincidir con Luis y su hijo Esteban, dos personajes completamente ajenos a su mundo, que están allí buscando a Mar, la hija mayor de Luis, de la que no tienen noticias hace cinco meses. Padre e hijo repartiendo volantes con la foto de Mar se antojan anomalías –por su preocupación, por su conexión con la realidad- en medio de un ambiente totalmente alejado de cualquier situación diferente al placer y al extasis. El grupo de Steff y Jade les sugieren buscarla en otra rave cerca en el sur del país, cerca a Mauritania, a la que quizá ellos asistan. Cuando al otro día las fuerzas armadas irrumpen en el evento y les ordenan marcharse ante un estado de guerra declarada, las casas rodantes de los ravers protagónicos se desvían rumbo al sur y tras ellos parten Luis y Esteban en su automóvil, con la esperanza de encontrar a Mar.

Ahí empieza realmente Sirât, una road movie en el desierto marroquí con el fondo de una guerra que van involuntariamente escuchando en la radio y cuya sombra no les interesa que los cobije. Van hacia otra rave luego de burlar a las autoridades, eso es todo lo que les importa. Luis y Esteban siguen siendo una anomalía que terminarán por aceptar: al principio, a regañadientes; después, por conveniencia; y luego, por auténtica solidaridad. Lo que vemos inicialmente es a un grupo de amigos –a lo Mad Max: Fury Road (2015), pero sin adversarios- seguidos con dificultad por un hombre que tiene motivos diferentes a los suyos para estar ahí, en medio –todos- de una geografía rocosa, desértica y montañosa que parece aplastarlos con su magnitud. El diseño sonoro de la película –que es un trabajo magnífico- contribuye a esa sensación. Las desventuras que van a sucederles inicialmente tienen que ver con la desproporción de equipamiento de los coches que conducen, nada más.

Sin embargo, Sirât empieza con un epígrafe extraído del Islam que quizá para ese momento ya hayamos olvidado: “existe un puente llamado Sirât que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello. Más afilado que una espada”. Pasar del hedonismo bohemio a la tragedia más inesperada fue para todos los protagonistas una bofetada tan inesperada como impactante. Los hizo caer en la cuenta que hay situaciones inescapables e incontrolables y que no pueden simplemente mirar hacia otro lado y seguir de largo. Los planes originales se desdibujan ante la contundencia de un hecho que los deja sin aliento. Buscar ayuda –conectar- se convierte ahora en prioridad, sin saber que la realidad –devenida en esa guerra de la que no quieren enterarse- los tiene condenados a un suplicio aún mayor del que ya vivieron.

De buscar a Mar a sobrevivir en medio de la nada. Del hedonismo al nihilismo, del goce al terror, de la abstracción narcótica a lo categórico de la muerte. En esos extremos se mueve Sirât, convertida –tal como El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953), de Clouzot- en una fábula punitiva sobre la imposibilidad de escapar al aquí y al ahora. No es tiempo para utopías, parece decirnos el director Oliver Laxe, no es tiempo para pensar solo en nuestra propia conveniencia. Sirât desbarata cualquier ilusión de huida prolongada exitosa. No es casual que Oliver Laxe haya descrito en entrevista con Marta Cercadillo para RTVE, la cultura rave que retrata como una actitud explícitamente escapista: “meter la cabeza dentro de los altavoces para no escuchar cómo se derrumba el mundo”, una forma de anestesia ante una realidad demasiado dura y aplastante. Pero Sirât, ya lo vimos, no celebra esa evasión: la critica. Lo que les sucede a los protagonistas es un descomunal rito de paso que los obliga a atravesar ese puente estrecho y afilado del que hablaba el epígrafe islámico inicial. A veces —y Sirât lo deja claro con severidad— la existencia tiene experiencias que no admiten atajos ni escapes, ni anestesia.
© Todos los textos de tiempodecine.co son autoría de Juan Carlos González A.










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