Reencontrarse con la pesadilla: Fue solo un accidente, de Jafar Panahi

El reencuentro, años después, entre quien sufrió abuso, tortura o violencia y la persona que fue su victimario constituye una temática especialmente fértil para el cine. Cuando el tiempo ha pasado y circunstancias fortuitas los ponen de nuevo frente a frente, el encuentro se produce sin el antiguo marco de subyugación, prisión o amenaza, y abre un espacio dramático de enorme tensión y complejidad. Ahí está El portero de noche (Il portiere di notte, 1974) para recordarnos que hay sumisiones y perversiones capaces de sobrevivir al tiempo; ahí está La muerte y la doncella (Death and the Maiden, 1994) para mostrarnos hasta dónde puede conducir el dolor de la venganza. Y, más recientemente, filmes como The Tale (2018) y The Nightingale (2018) profundizan en lo que significa hurgar en un pasado que nunca quedó del todo conciliado.

Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025)

El victimario, una vez cumplido su “trabajo” y concluida la guerra, el conflicto o la dictadura que lo involucró en esos hechos, retoma su vida cotidiana intentando pasar inadvertido, camuflado en una normalidad que lo desvincule de los actos violentos que cometió “cumpliendo su deber”, por brutales e inhumanos que hayan sido. Considera que no tendría por qué ser juzgado por ello. Es la “banalidad del mal”, tal como la concibió Hannah Arendt: la desvinculación moral frente a actos violentos, escudándose en las circunstancias excepcionales en que tuvieron lugar. De ahí que, confrontado por quienes fueron sus víctimas, no se sienta responsable ni culpable por lo que hizo, especialmente si sigue siendo afín ideológicamente al régimen que lo puso en ese rol de torturador o asesino.

Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025)

Todo esto cobra especial sentido al momento de ver Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025), el largometraje con el que Jafar Panahi obtuvo la Palma de oro en el Festival de Cannes. La película está construida sobre uno de esos encuentros inesperados e indeseados. Lo novedoso es cómo el director y guionista Panahi aborda esta situación dándole un giro moral: Vahid (Vahid Mobasseri), empleado de un taller en una ciudad iraní, cree reconocer a uno de los que lo torturaron mientras estuvo prisionero por haber reclamado el sueldo que no le habían pagado durante meses. Ahora ese carcelero -Eqbal (Ebrahim Azizi)- es un hombre aparentemente inofensivo, que vive con su esposa embarazada y una hija todavía niña. Vahid decide tomar la justicia por su propia mano y vengarse de él. Va a matarlo. Pero antes de cometer un error, decide confirmar su identidad.

Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025)

Empieza, pues, un periplo urbano buscando otras víctimas que le ayuden a corroborar su identidad, como una fotógrafa de bodas, Shiva (Mariam Afshari), una novia que está por casarse -Golrokh (Hadis Pakbaten)- y un amigo de ambas, Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr). Todos tienen motivos suficientes para vengarse, todos aprovechan la situación para hacer catarsis reviviendo su pasado, pero todos a la vez se descubren incapaces de matarlo. Moralmente sienten que ese no es su papel, que no están preparados para ello, que no son asesinos. Y por eso empiezan a dilatar la situación y cuando Vahid contesta una llamada de la hija de Eqbal pidiendo ayuda, la película toma un giro que es tan absurdo como compasivo y que muestra la naturaleza real de los protagonistas: la empatía que los separa del criminal capaz de matar a sangre fría.

Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025)

Uno, tarde o temprano, siempre termina regresando a Hitchcock. Y así ocurrió tras ver Fue solo un accidente. Los protagonistas de este filme estarían de acuerdo con Hitchcock cuando le contaba a Truffaut que “Normalmente, en las películas, un asesinato ocurre muy rápidamente: una cuchillada, un disparo de fusil, el personaje del asesino ni siquiera se toma la molestia de examinar el cuerpo para ver si la víctima está muerta o no. Por eso se me ocurrió que había llegado el momento de demostrar cuán difícil, penoso y largo resulta matar a un hombre” (1). A menos que uno sea un asesino profesional o haya perdido la razón, el hecho de matar a alguien, así existan los motivos, no es nada fácil. Y eso les queda claro a Vahid y a sus compañeros de aventura, que tienen la oportunidad ahora de saldar cuentas con quien les hizo daño, pero que encuentran que no está en su naturaleza como seres humanos hacerle algo similar.

Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025)

Jafar Panahi afirma ser un cineasta social y no político, pero Fue solo un accidente es cine marcado por una profunda conciencia política. La película nace no solo de su propio encarcelamiento, sino también del de sus amigos y colaboradores, quienes sufrieron tortura física y psicológica, y cuyos testimonios él incorpora directamente en los diálogos del filme. Lo que relatan Vahid, Shiva, Golrokh y Hamid —sus padecimientos, sus miedos, sus heridas y cicatrices— tiene una base real, sin exageraciones ni licencias dramáticas. Es su manera de rendirles homenaje, de decirles que está con ellos y con las mujeres del movimiento de protesta “Mujer. Vida. Libertad”, que se niegan a usar el hiyab, como ocurre con Shiva y Golrokh. Que Fue solo un accidente exista es, en sí mismo, un acto de resistencia. Aunque Panahi no tiene restricciones para rodar desde 2023, continúa obligado a someter sus guiones al Ministerio de Cultura y Orientación Islámica, un requisito que él rechaza. Por eso la película se filmó de manera prácticamente clandestina, intentando pasar lo más inadvertida posible. La Palma de Oro que recibió en Cannes por parte de un jurado que presidía Juliette Binoche es, inevitablemente, una declaración política.

Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh, 2025)

Esta película refleja el estado de las cosas de Irán bajo el régimen islámico: una sociedad atravesada por el miedo, la incertidumbre y la represión, con unos ciudadanos temerosos, desconfiados y prevenidos frente al otro. Esta fábula desnuda las consecuencias de vivir bajo esas circunstancias y lo que implica en términos de desolación y paranoia. Sin embargo, Jafar Panahi tiene fe: sus protagonistas, pese a tanto dolor, siguen mirando con compasión. Fueron detenidos, interrogados, encarcelados, torturados, amenazados, violados y humillados, pero no les pudieron quitar la humanidad y la misericordia. Eso es, por sí solo, un triunfo enorme.

Referencia:

1. François Truffaut, El cine según Hitchcock, trad. Ana Millares (Madrid: Alianza Editorial, 2010), 270.

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