Una joven le pregunta al actor y galán de Hollywood Jay Kelly (interpretado por George Clooney), cómo responde a quienes dicen que él solo se interpreta a sí mismo. Y él le dice “¿Sabes lo difícil que es ser uno mismo? Inténtalo”. Esta pregunta y su respuesta tienen un sentido mucho más amplio y meta cinematográfico: George Clooney es un actor que está interpretando a otro actor llamado Jay Kelly que representa de manera perfecta lo que Clooney es como persona pública y como estrella. No está disfrazado, ni tiene una caracterización diferente al del carisma que asociamos con él. Está ahí, frente a nosotros. Es él mismo.

Es obvio que Jay Kelly (2025) es un filme de ficción que escribieron Noah Baumbach y la actriz Emily Mortimer, pero que hayan moldeado a su personaje a la imagen y semejanza de George Clooney no solo es algo factible, sino deliberado. El propio Baumbach lo ha explicado con claridad: “era importante no solo contar con un gran actor, sino con alguien con quien el público ya tuviera una historia previa, la misma clase de historia que los personajes de la película tienen con Jay. El público necesitaba sentir esa conexión” (1). Es precisamente esa familiaridad —ese conocimiento previo que el espectador trae consigo— la que dota al personaje de una credibilidad y una complejidad que va más allá del mero juego autorreferencial. Le da peso y, al tratarse de Clooney, un actor que, pese a su vigencia, siente el paso del tiempo sobre su imagen y su carrera –tal como Jay Kelly, también le otorga pathos.

“Todos mis recuerdos son películas”, le dice Jay al veterano director Peter Schneider (Jim Broadbent) mientras comparten un sándwich en la casa del actor. Y esa frase aplica tanto para él como para los cinéfilos que vean Jay Kelly y encuentren aquí un diluvio de referencias cinematográficas. En el camerino de Jay hay un monitor de televisión donde se ve una escena de Ace in the Hole (1951), de Billy Wilder, como recordatorio explícito de que fue el propio Wilder quien dirigió Sunset Boulevard (1950) y Fedora (1978), las dos grandes brújulas que guían uno de los nudos dramático de esta película: el tiempo que empuja a las estrellas de cine hacia su ocaso. Jay siente que cada película que hace puede ser la última; ya recibe homenajes por toda su trayectoria y empieza a preguntarse si no ha llegado el momento de dejar el cine, reconectar con su familia y reconciliarse con su pasado. Si ese propósito suena familiar es porque es el mismo que tenía el doctor Isak Borg (Victor Sjöström), protagonista de Fresas salvajes (Smultronstället, 1957), de Ingmar Bergman.

Fresas salvajes es un relato en primera persona. El anciano profesor Isak Borg va a recibir un título universitario honorífico. Al narrar los hechos lo hace en pasado: está evocando lo que le acaba de ocurrir. Lo que vemos, entonces, es ya un recuerdo suyo. En la película hay un viaje físico -entre Estocolmo y Lund- y uno mental (a los recuerdos, al pasado). En el pasado encuentra los motivos y desencadenantes de lo que él es hoy. Y nos los expone. Usando unos flashbacks oníricos, Isak vuelve a ser testigo de su pasado, mirando lo que hizo y buscando reconciliarse, si no es demasiado tarde, con su hijo. Jay Kelly tiene una crisis emocional y decide abandonar el inicio de proximo rodaje para reunirse con su hija menor, que se fue a Europa a pasar el verano con sus amigos. La disculpa que tiene para irse es un tributo que le van a hacer en La Toscana por su obra fílmica. Iremos con él de Los Angeles a París y desde ahí en el tren que va su hija rumbo a Italia. Mientras viaja entre dos continentes y a lo largo de europa, viaja tambien hacia sus recuerdos: hacia su desencuentro con su hija mayor, hacia su primera audición, hacia el inicio de su carrera, hacia el abandono de su familia, hacia el vacío que siente. Tiene muchas cuentas pendientes que pagar(se).

Obviamente una estrella como él no viaja solo. Entre la parafernalia de empleados que lo sigue a todas partes destaca la presencia de Ron Sukenick (Adam Sandler), su manager, un hombre que siempre está para él, a su servicio, ayudándole a facilitarle la vida y las decisiones a quien él considera su amigo, así tenga que sacrificar en el empeño su propia vida y su propia familia. No es un personaje secundario en Jay Kelly, la película le da espacio y aire para que nos familiaricemos con él y con sus conflictos personales derivados de la fidelidad que siente por un hombre que como Jay, solo parece verse a sí mismo y es incapaz de pensar en las necesidades de quienes lo rodean (aplica tambien para la relación que tiene con sus dos hijas). Ron se cuestiona si vale la pena sacrificar su propia familia –tiene en su jefe un espejo en el que no pretende reflejarse- en pro de alguien que en medio de su egoísmo es también un hombre absolutamente vulnerable y cada vez más solo. Ron es para Jay la voz de la sensatez y un ancla que le impide naufragar, así le cueste reconocerlo. Adam Sandler construye un personaje lleno de lealtad y nobleza, lejos de los roles cómicos y absurdos que han plagado su filmografía previa.

En Recuerdos (Stardust Memories, 1980), Woody Allen nos cuenta la historia de Sandy Bates, un director de cine en crisis –interpretado por él mismo- que asiste, muy a su pesar, a una retrospectiva que le hacen de su obra en el hotel Stardust en la costa de New Jersey. Woody homenajeaba aquí a 8½ (1963) de Federico Fellini en el tono surrealista de esta historia, plagada de personajes fellinianos y de encuentros con personas de su pasado y de su presente. Noah Baumbach toma para Jay Kelly algunos elementos dramáticos y formales de Recuerdos, trasladados ahora a Italia, al lugar donde a Jay le van a hacer un tributo por su obra artística. Esos personajes que lo reciben, esos rostros que Fellini hubiera escogido, ese ambiente bizarro de aislamiento es el mismo de Recuerdos. Además Jay Kelly y esa película concluyen en una sala de cine donde aparecen –quizá convocados espiritualmente por la nostalgia en la película de Baumbach, o mostrando las costuras de la ficción en la de Woody Allen- personajes que han hecho parte de la vida de sus protagonistas. El “todos mis recuerdos son películas” tambíen podría formularse como “todas mis películas son recuerdos”.

Este texto empezaba hablando de lo difícil que es para un actor representarse a sí mismo considerando que su oficio es pretender ser siempre alguien más. La escena final de Jay Kelly reflexiona sobre ese punto, pues en el montaje de clips de los filmes que en el tributo a Jay se presentan en esa velada en Italia, algunas de las escenas que vemos corresponden, entre otras, a La delgada línea roja, Quémese después de leerse, Del crepúsculo al amanecer, Syriana, Michael Clayton y Up in the Air, películas que en realidad fueron protagonizadas por George Clooney. La ficción no lo disfraza: lo expone, porque la película ya no necesita distinguir entre el actor y el personaje. Jay es él. Y viceversa.
Referencia:
- Noah Baumbach, entrevista con George Clooney, “On Creation and Connection”, Films in Frame, 5 de diciembre de 2025. Disponible en: filmsinframe.com.
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