Si pudiera, te patearía, de Mary Bronstein

Cuando el 23 de febrero de 2025 un jurado presidido por Todd Haynes entregó en el Festival de Cine de Berlín el Oso de plata a la mejor actriz a Rose Byrne por su rol protagónico en Si pudiera, te patearía (If I Had Legs I’d Kick You, 2025) se estaba premiando a una epopeya doméstica: la de muchas mujeres profesionales y a la vez madres, que intentan hacer lo que pueden con el tiempo, la paciencia y la voluntad que tienen, así se estén autodestruyendo en el proceso. No hay heroísmo ni redención predeterminada en esta película de Mary Bronstein; lo que hay es desgaste, repetición, culpa y una sensación persistente de asfixia emocional que Rose Byrne encarna con una precisión incómoda y con un estoicismo que en realidad esconde, mal disimulada, una bomba de tiempo.

Si pudiera, te patearía (If I Had Legs I’d Kick You, 2025)

La película se instala en un territorio poco complaciente: el de la maternidad como experiencia atravesada por la frustración y el agotamiento, lejos de cualquier idealización, lo que la emparenta con películas como La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) o Mátate, amor (Die my Love, 2025),  que ofrecen una mirada particularmente incisiva sobre la carga existencial femenina. Linda, el personaje central de Si pudiera, te patearía, no es presentada como mártir, sino como alguien que sigue funcionando cuando ya no debería, que cumple rutinas mientras algo interno –probablemente su estado mental- se resquebraja. Bronstein observa ese derrumbe sin condescendencia, confiando en la actuación pasmosa de Byrne y en una puesta en escena que hace de un humor involuntario, causado por las sucesivas tragedias que le ocurren, su principal estrategia narrativa.

Si pudiera, te patearía (If I Had Legs I’d Kick You, 2025)

Prácticamente toda la película adopta la perspectiva —y por lo tanto la percepción— de Linda. No se trata solo de que la cámara la acompañe, sino de que el relato hace eco a su estado mental, a su cansancio acumulado y a su manera de experimentar el mundo. Es a través de ella que accedemos a los acontecimientos, que medimos la gravedad de lo que ocurre y que sentimos el peso de cada contratiempo. Las desventuras que se suceden no son necesariamente excepcionales en sí mismas; se vuelven insoportables porque es Linda quien las padece, alguien que ya no dispone de margen emocional para relativizarlas mientras intenta, en un difícil acto de equilibrismo, sobrellevar su vida laboral y sus deberes como madre. La ausencia del marido —un oficial de la Marina— refuerza esa sensación de aislamiento perceptivo: puede que para él todo sea más simple o más manejable y que ella esté exagerando, pero la película no tiene su punto de vista. La directora y guionista Bronstein no busca una mirada objetiva: elige y exige el desequilibrio, la saturación y la subjetividad para darle forma al relato, obligando al espectador a compartir el mismo espacio mental que su protagonista, ese donde un agujero en el techo de su apartamento parece un portal a otra dimensión cuando es ella quien lo mira, absorta.

Si pudiera, te patearía (If I Had Legs I’d Kick You, 2025)

Vamos a asistir, sin que podamos hacer nada para evitarlo, a su lento derrumbe mental. Ella, que paradójicamente es una terapista que vive de escuchar y dar alivio a los problemas emocionales ajenos, no encuentra alivio para sí misma. Su consultorio, lejos de ser un espacio de tregua, se convierte en una extensión más de su desgaste cotidiano. Un compañero que le sirve de terapista en la consulta —interpretado por Conan O’Brien— resulta tan inútil para ella como ella misma empieza a parecerlo para sus propios pacientes, atrapados en sesiones donde la terapia se vuelve errática, distraída, casi automática. La manera ausente con la que los atiende responde a un hastío profundo del que ellos terminan siendo víctimas colaterales. Pero la víctima, no lo duden, es ella y su propia salud mental, incapaz como está de procesar la acumulación constante de compromisos, obligaciones y tareas simultáneas.

Si pudiera, te patearía (If I Had Legs I’d Kick You, 2025)

Que la cámara no nos muestre el rostro de su hija, una joven que tiene un trastorno que exige de Linda una atención y un cuidado constantes, no solo protege a una menor de edad, sino que, ante todo, nos fuerza a no desplazar la atención hacia nadie distinto de Linda y de sus circunstancias. Su hija es un factor desestabilizador, no una protagonista con un peso emocional propio. El conflicto central no reside en la condición de la niña, sino en el desgaste silencioso de quien debe sostenerlo todo. Al privarnos de una identidad a la que aferrarnos, la película nos obliga a permanecer en el lugar de Linda, donde la preocupación constante, la culpa y el agotamiento no tienen un objeto claro —en este caso, un rostro—, pero sí un peso que para ella resulta insoportable desde lo emocional. El cameo de la propia Mary Bronstein en el rol de la Dra. Spring está insertado desde la falta de empatía de género, y por ese sitial de superioridad moral desde el cual algunas mujeres observan a aquellas que no parecen estar siendo suficientes.

Si pudiera, te patearía (If I Had Legs I’d Kick You, 2025)

El cierre de Si pudiera, te patearía, lejos de ser catártico, intenta mostrarnos el cristal objetivo del que ha carecido a lo largo del metraje, enfatizando así la soledad y la frustración de su protagonista: solo hemos estado asomados a su versión de la realidad, a aquella que sus herramientas mentales le ofrecen, y no exactamente esa es la versión de su esposo y de su hija, ahora sí convertidos en presencia. Esa irrupción de otras miradas no corrige lo vivido por ella, solo introduce la posibilidad de que el mundo no era exactamente como Linda lo experimentaba, un mecanismo narrativo que remite a películas como El padre (The Father, 2020), donde el espectador comparte una percepción fragmentada y subjetiva que solo acentúa el desamparo del protagonista. En este caso, Mary Bronstein no ofrece para Linda reconciliación ni aprendizaje: lo único que nos concede es una constatación amarga, la de haber acompañado a una mujer en su encierro subjetivo desde una impotencia que también es la nuestra. Ese es el gesto más honesto —y también el más cruel— de esta magnífica y angustiante película.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.