Estigma contagioso: Alpha, de Julia Ducournau

El terror en el cine tiene muchas aristas, y el terror corporal –del que David Cronenberg es el maestro y la francesa Julia Ducournau una pupila avezada y premiada– también. Lo anatómicamente ambiguo o anómalo, lo quirúrgico, lo traumático, las secuelas físicas, el dolor… todo lo que se remueva en las entrañas, lo que sea extirpable o susceptible a una dismorfía alimenta el género del terror corporal. Para su tercer largometraje, Alpha (2025), Julia Ducournau, recurrió a una nueva variante: el terror corporal que surge del contagio de una infección viral ficticia, pero que es una alegoría de la epidemia de VIH en los años ochenta y noventa del siglo XX.

Alpha (2025)

Aunque tendemos a identificar al VIH como una infección de transmisión por vía sexual, hay que tener presente que en Europa occidental la transmisión percutánea a través del compartir agujas contaminadas entre adictos a las drogas de abuso intravenoso fue la causante de entre el 50% y el 60% en esa primera década de la infección por el VIH. Con eso en mente y con una epidemiología y un curso clínico apenas en proceso de irse descubriendo, Julia Ducournau estructura Alpha a partir del miedo a lo desconocido, del temor a haberse contagiado y a ser contagioso. En este caso hay un elemento sobrenatural, pues en la película los pacientes en estado avanzado de la enfermedad (lo que correspondería en la realidad a la etapa de Sida) se van petrificando o “marmolizando” hasta morir, pero el resto de los elementos sí está anclado a lo clínicamente viable: no existía aún un tratamiento efectivo, los pacientes morían rápidamente, existe un periodo de tiempo entre el momento del contagio y el diagnóstico en el que no es posible saber si alguien está contagiado; a través de los tatuajes hechos en condiciones informales también era posible adquirir la infección y existía un gran estigma entre los contagiados. Con todo eso tan real se construye este filme.

Alpha (2025)

Alpha es el nombre de una adolescente de 13 años, hija de una madre médica de ancestros árabes. La chica (interpretada por Mélissa Boros) tuvo una infancia que iremos descubriendo paralelamente con el relato y que explica algunas de sus conductas, como por ejemplo permitir que en medio de una fiesta donde hay licor y droga por doquier le hagan un tatuaje en el brazo izquierdo de la manera menos aséptica y más informal posible. El drama de la película –en el presente– es el del estigma social que Alpha padece, del rechazo que genera en su colegio, de la posibilidad de contagiar a alguien más, del no saber si las pruebas diagnósticas van a dar positivas. Hay otro personaje en escena que va a enlazar ese presente con el pasado. Se trata de un yonqui llamado Amín (Tahar Rahim), tío materno de Alpha.  En ese pasado la madre de la joven (interpretada por la gran actriz Golshifteh Farahani) trabajaba en un hospital tratando a los pacientes infectados con este virus, casi que viéndolos morir, ante el desdén que su condición de enfermo provocaba entre colegas y el resto del personal de salud. En el presente esta mujer ya trabaja en una consulta privada desde su hogar. Algo le impidió seguir haciendo turnos en el ámbito hospitalario.

Alpha (2025)

El modo en que un yonqui se inyecta una droga de abuso, el estado físico en que queda después, los efectos de una sobredosis, los síntomas de abstinencia, las marcas de las inyecciones en los brazos y antebrazos son más que suficientes para hacer una película de terror corporal anclada a la realidad, pero Alpha magnifica todavía más esta situación al vincular el drama adolescente de Alpha con el de su tío, y formar entre los dos un lazo entre excluidos que –vamos a enterarnos– no es exactamente nuevo. La película en su tramo final une de forma armónica presente y pasado, para darle sentido a la relación entre ambos y al predicamento que ha vivido la madre de Alpha a lo largo de todos estos años.

Alpha (2025)

El VIH no ha desaparecido, pero el tratamiento efectivo por fortuna ha cambiado radicalmente la calidad de vida y el pronóstico de los pacientes. Julia Ducournau recurrió metafóricamente al pasado de esa enfermedad para construir una película incómoda y desapacible –ese es su cine– que habla de estigmas que son más dolorosos y contagiosos incluso que la misma infección que los genera.

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