Paradme si ya os lo he contado: Luna azul, de Richard Linklater

Luna azul (Blue Moon, 2025) se abre con una fecha precisa y cargada de ironía histórica: 31 de marzo de 1943, noche del estreno de Oklahoma!. Mientras Broadway celebra el nacimiento del musical moderno, el letrista Lorenz Hart entra al bar y restaurante Sardi’s como quien llega a su propio funeral. Un soldado en licencia —estamos en la Segunda Guerra Mundial— toca al piano melodías de Rodgers & Hart, Gershwin, Kern, Cohan y otros clásicos, como si la música le recordara a Hart, con una crueldad suave, que aquello que suena ya no le pertenece del todo. Apenas cruza la puerta, comienza hablando de Casablanca (1942) con el bartender, porque en Lorenz Hart todo es digresión, exhibición, parloteo incesante. Su homosexualidad está siempre latente, nunca subrayada, pero atraviesa cada gesto, cada herida, cada ironía.

Luna azul (Blue Moon, 2025)

Eddie, el bartender interpretado con sobria humanidad por Bobby Cannavale, es la contraparte perfecta: escucha, no juzga, cuida. Intenta que Hart no se hunda más en su alcoholismo crónico, aunque sabe que la voluntad del otro es frágil. Hart —un Ethan Hawke extraordinario— habla con palabras afectadas, sin un gramo de modestia, pagado de sí mismo: “He escrito un puñado de letras que van a desafiar a la muerte”, “Cuando soy bueno, soy muy bueno”. Su sarcasmo es punzante, permanente, una compensación evidente a su baja estatura, pero también una armadura. Desde esa altura intelectual con la que mira a todos, despacha Oklahoma! como una obra inofensiva y ridícula, incapaz de comprender que el verdadero dolor no está en el cambio estético sino en haber sido dejado atrás tras 25 años de colaboración, más de mil canciones, y una sociedad creativa con Richard Rodgers que ahora continúa sin él.

Luna azul (Blue Moon, 2025)

La película se vuelve más íntima cuando aparece Elizabeth Weiland (Margaret Qualley), a quien Hart conoció en los ensayos de Por Júpiter. Universitaria veinteañera, segundo año de Bellas Artes en Yale, es para él “mi irremplazable Elizabeth”, como la llama en sus cartas. La correspondencia entre ambos —citada por sus biógrafos— revela a un Hart profundamente dependiente de ese vínculo: misivas extensas, teatrales, llenas de halagos y una necesidad constante de atención, frente a las respuestas más breves, afectuosas pero distantes, de Elizabeth. El guion de Robert Kaplow, inspirado directamente en ese intercambio epistolar, construye una tragedia romántica no correspondida: ella le cuenta con naturalidad sus amoríos y aventuras sexuales con chicos de su edad; para Elizabeth, Hart es un amigo, un confidente, nunca una posibilidad amorosa real. Margaret Qualley le da al personaje un tono absolutamente contemporáneo, una energía juvenil que contrasta con lo pusilánime de Hart, con su tendencia a compadecerse de sí mismo, sobre todo cuando se compara con los amantes jóvenes y despreocupados de ella.

Luna azul (Blue Moon, 2025)

Hart necesita ser escuchado, casi obliga a todos a prestarle atención. En una mesa del restaurante está el escritor E. B. “Andy” White, con quien conversa sintiéndose al fin ante un contertulio de su misma estatura intelectual. White es modesto; Hart no puede serlo. Él le relata su fin de semana junto a Elizabeth a orillas del lago Dunmore, en Vermont, donde no ocurrió nada físico, aunque en su relato todo suena a promesa incumplida. White cree que Elizabeth entiende que la adora uno de los grandes apreciadores de la belleza, pero Hart sigue atrapado en su propio monólogo vital. Eddie, con una frase que condensa el sentido moral del filme, le dice: “¿Alguna vez piensas que tu vida es una obra? Y que el 99% de la gente no tiene diálogos… y tú solo eres un extra en la obra de ellos”. Ese es el punto definitivo: Hart solo se escucha a sí mismo, solo le importa su historia.

Luna azul (Blue Moon, 2025)

En su encuentro con Rodgers (Andrew Scott) en Sardi´s, la hipocresía se vuelve casi insoportable. Hart lo felicita por Oklahoma! mientras la amargura le corroe cada palabra. Se arrastraría por tener una nueva oportunidad junto a él, como en el revival de Un yanqui de Connecticut que Rodgers le propone si el letrista está sobrio y en buenas condiciones, porque ya no va a volver a suplicarle que cumpla horarios y compromisos. Hay algo patético —dolorosamente humano— cuando Hart le plantea proyectos ambiciosos que ya no tienen lugar, y que se ven como un intento desesperado por no ser desechado. Luna azul es, en ese sentido, mucho más profunda que Words and Music (1948): donde Mickey Rooney imitaba los manierismos expansivos de Hart, Hawke construye el retrato de un ser profundamente adolorido. Esta única noche en Sardi’s se convierte en una espiral autodestructiva y autoflagelante, espoleada por su inmadurez y su hipocresía. No extraña que Hart imagine titular su autobiografía “Paradme si ya os lo he contado”: porque hablar, aquí, es su forma desesperada de no desaparecer.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.