En Marty Supremo (Marty Supreme, 2025) el director Josh Safdie se sumerge nuevamente en el universo del antihéroe, una figura compleja y moralmente ambigua que evoca los trabajos previos realizados junto a su hermano Bennie como Good Time (2017) y Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2019). A través de un protagonista que representa el arquetipo del self-made man norteamericano, Safdie explora tanto la fascinación por la viveza del personaje como la justicia poética que lo alcanza. Cada acto de manipulación no queda impune, y la película se convierte en un reflejo de las consecuencias inherentes a sus decisiones. Josh Safdie no se pone completamente del lado del protagonista. Al contrario, la narración actúa como un recordatorio constante de que los objetivos no se alcanzan a cualquier costo: cada acción inapropiada del protagonista desencadena una reacción casi karmática que pone a prueba tanto su resiliencia como su escala retorcida de valores. De esta manera, el director nos advierte que, en la búsqueda de unas metas, las decisiones incorrectas conllevan consecuencias, recordándonos que no todo logro es justificado y que la vida no premia todas las jugarretas.

En esta película la Nueva York de 1952 se exhibe no desde la opulencia de las grandes avenidas, sino desde la marginalidad de sus callejones y espacios clandestinos. La cámara nos lleva a los rincones más grises de la ciudad: zapaterías, ventas de mascotas, apartamentos decadentes y lugares donde se juega y se lucha por sobrevivir. En este panorama de lucha constante, Marty, convencido de su propia astucia y determinación, se enfrenta a una epopeya profundamente norteamericana: la incansable búsqueda del ascenso a toda costa. Así, la película nos sumerge en un relato donde la marginalidad y la ambición se entrelazan, ofreciendo una mirada cruda y auténtica de la época y de una manera escapista, e incluso infantil, de enfrentarse a la realidad.

Las aventuras de Marty Mauser, un dotado jugador de tenis de mesa, se despliegan en un guion absolutamente abigarrado, donde los clímax se suceden de manera constante, reflejando la naturaleza de un hombre en perpetua fuga. Marty no solo escapa de quienes lo persiguen, sino sobre todo de las responsabilidades y de la adultez, persiguiendo con tozudez un sueño que, en muchas ocasiones, se revela como una quimera personal. Este viaje vital, lleno de decisiones impulsivas, giros inesperados y de constantes retos, ofrece un retrato de una existencia marcada por la inestabilidad y la búsqueda incansable del éxito. Así, el personaje se convierte en un símbolo de esa lucha interna y de una ambición que, a veces, se percibe más como una ilusión que como una realidad alcanzable.

Timothée Chalamet se erige como el corazón de Marty Supremo, y la película sigue su ritmo y su latido taquicárdico en cada escena. Al igual que en Good Time, donde la presencia de Robert Pattinson marcaba un ritmo implacable, la actuación de Chalamet convierte la película en una experiencia frenética, cargada de urgencia y tensión constante. Su presencia impulsa la narrativa, manteniendo al espectador en un estado de alerta y emoción continua, y evitando que reflexionemos sobre un guion que funciona muy bien desplegado en la pantalla, pero que no necesariamente está blindado a prueba de errores. Sin embargo, es tanto lo que ocurre –marca de la casa Safdie- que no da pie a reflexión estructural alguna, emepzando por el personaje mismo, que no es exactamente una muestra de tridimensionalidad dramática. Es más una caricatura que un ser que alguien hubiera visto alguna vez andando por ahí.

Quizá por eso mismo brillan tanto los personajes femeninos que lo acompañan, que aunque seducidos por su confianza y su ego, no dejan de saber que tarde o temprano va a defraudarlos. Ahí está su eterna enamorada, vecina y compinche, Rachel Mizler (Odessa A’zion), que alberga un motivo más que suficiente para que Marty siente cabeza; y ahí tambíen está la actriz Kay Stone (Gwyneth Paltrow, en un rol que se antoja autorreflexivo), una estrella del cine y del teatro venida a menos, que encuentra en este joven un motivo para sentirse deseada y valiosa de nuevo. Ambas no son exactamente títeres a voluntad de Marty, cada una ha aprendido a conocerlo lo suficiente como para poder también aprovecharse de él, gracias a alguna de las debilidades de su personalidad narcisista. Son un motivo fascinante para verlo resbalar.

Marty Supremo es el relato de una épica en clave menor, un viaje a ninguna parte protagonizado por una figura construida desde la contradicción y la incomodidad. Josh Safdie no busca redención para su protagonista, sino exponer el desgaste de una fantasía profundamente norteamericana: la de creer que la astucia basta para torcer el destino. La película avanza como su personaje, siempre hacia adelante, episódica, sin tiempo para corregir ni mirar atrás, acumulando victorias precarias y derrotas que hay que tragarse en silencio. En ese movimiento constante, casi desesperado, Marty Supremo termina revelándose menos como la historia del ascenso de un deportista de élite que como la crónica de una evasión perpetua, donde el éxito es apenas una ilusión momentánea y el precio a pagar —como ocurre casi siempre en el cine de los Safdie— resulta demasiado alto como para no dejar secuelas.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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