Proyecto fin del mundo, de Phil Lord y Christopher Miller

Publicada en 2021, la novela Proyecto Hail Mary consolidó a Andy Weir como uno de los nombres clave de la ciencia ficción contemporánea: un texto riguroso desde lo científico, éxito inmediato de ventas y finalista del Premio Hugo, que prolongaba la estela de su obra previa, El marciano, con un relato centrado en un científico que despierta solo en una nave, sin memoria, y con la misión de evitar la extinción de la Tierra. Antes incluso de su publicación, Hollywood ya había detectado su potencial: en 2020, Metro-Goldwyn-Mayer adquirió los derechos por 3 millones de dólares, con Ryan Gosling vinculado desde el inicio como protagonista y productor. A ese núcleo se sumó el guionista Drew Goddard —responsable también de la adaptación al cine de El marciano en 2015— y el dúo de Phil Lord y Christopher Miller en la dirección (es su quinto largometraje conjunto), configurando un proyecto que, tras la compra de MGM por Amazon, terminaría convertido en una superproducción de más de 200 millones de dólares estrenada en marzo de 2026.

Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary, 2026)

La película resultante, Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary), se antoja a la vez provocativa y desconcertante. Lejos de la épica que suele acompañar este tipo de relatos, la narración opta por algo más interesante: el de mostrarnos un protagonista que nunca parece estar a la altura de la misión que le ha sido encomendada. El Ryland Grace que interpreta Ryan Gosling no está ahí para liderar nada, por el contrario: duda, tropieza, improvisa. Su torpeza —más cercana a la comedia que al heroísmo— desarma cualquier intento de grandilocuencia y convierte su supervivencia en una cadena de decisiones absolutamente precarias. Y es ahí donde el rol protagónico de Gosling resulta particularmente acertado: su interpretación le brinda al personaje una vulnerabilidad constante, una fragilidad que termina por sostener el tono mismo del relato. La película, entonces, no niega lo heroico, pero lo redefine: ya no como una cualidad intrínseca del personaje protagónico, sino como la capacidad de persistir en medio del pasmo, sin épica y sin garantías. Eso, por supuesto es provocador, pero también hace que el espectador –acostumbrado al héroe tradicional que tiene todas las respuestas- se desconcierte frente al tono  desenfadado del relato y frente a este hombre que parece no saber exactamente por qué está ahí.

Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary, 2026)

Proyecto fin del mundo ofrece unos flashbacks que nos van dando pistas de lo que ocurrió en el pasado del protagonista, pero esa información es solo para nosotros. Él debe, por sí mismo, ir armando el rompecabezas mental de lo que le ocurrió y por qué terminó en esa nave espacial a años luz de la Tierra. Es en ese proceso —a medio camino entre el descubrimiento y la improvisación— donde la película encuentra su verdadero centro al introducir, inesperadamente un vínculo que desborda cualquier lógica de la misión. Lo que en otro contexto habría sido una amenaza, un obstáculo o, en el mejor de los casos, un medio para alcanzar un fin, aquí se transforma en una dinámica de aprendizaje mutuo que termina por desplazar el eje emocional del relato, algo que, por cierto, emparenta a esta película con La llegada (Arrival, 2016) de Denis Villeneuve en la necesidad de encontrar cómo comunicarse con otro. La tarea de salvar a la humanidad, que parecía la brújula de la historia, queda progresivamente relegada frente a una relación construida desde la curiosidad, la confianza y una forma de cooperación que no responde a jerarquías ni liderazgos claros. Es allí donde la película da su giro más significativo: pasar de una idea de salvación entendida como deber global impuesto a otra íntima y concreta, donde lo que está en juego ya no es una causa, sino la lealtad hacia el otro. Algo que suena bastante spielbergiano, valga la aclaración.

Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary, 2026)

En ese sentido, Proyecto fin del mundo no solo deconstruye la figura del héroe tradicional, sino que pone en evidencia lo frágil que resulta esa construcción cuando se la priva de épica. Lo que queda es un personaje por momentos muy torpe, que nunca termina de encajar en el relato que le ha sido impuesto, y una película que, en lugar de ofrecer certezas, insiste en lo dubitativo. De ahí su carácter desconcertante: no porque falle en su ambición (las secuencias de acción en el espacio, fuera de la nave, son muy tensas), sino porque decide no responder a las expectativas del género. No estamos ante un space cowboy de masculinidad incontrovertible, sino ante un hombre con una sensibilidad que la película se cuida de no convertir en un cliché.  En tiempos de narrativas grandilocuentes y soluciones espectaculares, resulta casi incómodo enfrentarse a una historia que sugiere que salvar no siempre es un acto heroico, sino, a veces, una decisión mínima, profundamente personal y, por lo mismo, difícil de traducir en términos de gloria.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.