Un retrato luctuoso: El sonido al caer, de Mascha Schilinski

¿Son los espacios que habitamos inmunes a los espíritus humanos que alguna vez vivieron ahí? ¿Esas vidas del pretérito dejan algún tipo de huella invisible que acaso marque el destino de quienes van a ocupar esos sitios? La predeterminación del destino se antoja un tema central de El sonido al caer (In die Sonne schauen, 2025), el segundo largometraje de la directora alemana Mascha Schilinski, y con el que obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de Cine de Cannes. Este relato, ambientado inicialmente en una granja en Alemania en la víspera de la Primera Guerra Mundial, conjuga cuatro líneas de tiempo para contarnos lo que les ocurrió a los distintos moradores de ese lugar, siempre desde una perspectiva y una narración femenina subjetiva.

El sonido al caer (In die Sonne schauen, 2025)

Hay en El sonido al caer un personaje omnipresente, un testigo de todo lo que se nos cuenta: la muerte. Esa Alemania de los años diez del siglo XX parecía consagrada al recuerdo de los parientes difuntos y se sentía frágil ante el poderío de la muerte frente a los vivos: una enfermedad infecciosa, un accidente, un parto complicado, la inminencia de la guerra… cualquier circunstancia podía llevárselos de este mundo y con esa sensación de zozobra convivían, más aterrorizados que resignados. El luto parecía su estado habitual; los ritos funerarios, parte de su cotidianeidad. Alma, la niña que guía con su voz y con su presencia este segmento del filme, convive con el misterio antes que con la certeza; era una época en la que el mito, la religión y el patriarcado imponían un estado de las cosas en el que las mujeres estaban absolutamente sometidas, y Alma siendo aún niña ya lo percibe en la actitud de su madre, en el comportamiento de sus hermanas mayores, en el trato que recibían las criadas. También entiende que, para una mujer, la muerte podía ser el único camino viable si no quería aceptar el destino que se le imponía.

El sonido al caer (In die Sonne schauen, 2025)

En un caserón lleno de preguntas, donde la única fuente de información podía ser el agujero de una cerradura o los espacios entre las tablas de las paredes, Alma también descubre por qué Fritz, su hermano mayor, quedó lisiado para escapar, contra su voluntad, a una muerte que —esa sí— su familia quería evitar. Ese hermano postrado, obligado a anular su vida y a desperdiciar su juventud, sirve de puente con la segunda historia: la de Erika, una pariente de Alma que habita la misma casa junto a su hermana Irm, aunque tres décadas más tarde. Cada generación hereda no solo una casa, sino también un trauma: Erika desarrolla una fascinación, a medio camino entre la empatía y el deseo, por ese hombre que ha pasado su vida entre la cama y las muletas. Escapó a una guerra, pero al precio de una existencia «enteramente en vano», como relata Alma. Estamos ahora al final de una segunda guerra, una que para Alemania significó una catástrofe aún mayor que la del primer conflicto. Una sobrina de Erika, Angelika, cuenta que, terminada la guerra, muchas mujeres huían de los pueblos para evitar ser violadas por los soldados aliados y se lanzaban a los ríos para no transitar por los caminos. Erika e Irm se sumergieron en las aguas, pero solo Irm sobrevivió. Por eso es Angelika, su hija, quien nos conduce por el tercer segmento temporal, el de los años ochenta.

El sonido al caer (In die Sonne schauen, 2025)

Las décadas pasaron, pero la granja es la misma y el patriarcado también. Angelika lleva la voz del relato, una voz de aparente liberación y rebeldia, aunque la película también se detiene en su madre. Hay un fuerte contraste entre ambas: Irm es una mujer insatisfecha, incómoda consigo misma. Sin embargo, aunque Angelika intenta sacudirse los lastres generacionales y no repetir la historia materna, marcada por el cansancio, las inseguridades y las frustraciones afectivas, también debe soportar el acoso abierto de su tío y de su primo, lo que le genera numerosos cuestionamientos sobre su lugar como mujer joven en una sociedad alemana todavía dividida. Va creciendo en ella una desolación y un vacío existencial que la hace pensar —he ahí el sino de las habitantes de ese lugar— en la muerte como solución. Dejarse llevar —por las corrientes del río en el que nada, por el tractor segador de su padre— también equivale a desaparecer, a volverse un fantasma en una Polaroid. Así aparece, setenta años atrás, la madre de Alma en una fotografía: movió la cabeza sin reparar en el largo tiempo de exposición de la cámara que tomó el retrato. Un retrato luctuoso, obviamente.

El sonido al caer (In die Sonne schauen, 2025)

Alemania rural, el presente. Una familia llega desde Berlín a habitar la granja. Son una pareja joven, tienen dos hijas- una niña y una adolescente- y un verano por delante. No tienen por qué creer en granjas embrujadas o en ríos cercanos que purifican mientras arrastran a los que se adentran en sus aguas. Sin embargo, la fascinación por abandonarse, por dejarse ir persiste y se instala en los pensamientos de las dos chicas, sobre todo en Nelly, la menor. Cuando la muerte aún no parece formar parte de su cotidianidad, irrumpe en sus vidas una nueva amiga, Kaya, una vecina adolescente, cuya madre murió y cuyo padre es una ausencia. Lenka, la mayor de las hermanas y la narradora del segmento, ve en Kaya un modelo y además un motivo de frustración por no tener la seguridad y el desparpajo que Kaya despliega en público. Pero eso es un escudo: también sabremos de sus carencias en la intimidad. El relato de El sonido al caer gira sobre sí mismo, sobre el pasado y los recuerdos, y por eso vuelven las ideas de una vida en vano; vuelve la mirada masculina, lasciva, sobre el cuerpo de Lenka; vuelve el agua como refugio, escape y solución… Son patrones de violencia que persisten desde que empezó la narración y que duran más que cualquier fantasma. Ese eterno retorno incluye, por supuesto, una víctima, no poseída por espectro alguno, sino por el magnetismo trágico de una granja cuyo habitante más antiguo siempre fue la muerte.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.