El punto de ebullición: Eddington, de Ari Aster

Hay muchos elementos explosivos en la puesta en escena de Eddington (2025), el cuarto largometraje del estadounidense Ari Aster, un realizador con un prestigio ascendente y que ha sido capaz de escapar de las convenciones del terror para llevarnos a los terrenos del suspenso y la paranoia. En Eddington nos encontramos en un pueblo de Nuevo México en mayo de 2020 o, en otras palabras, en medio de la pandemia de la Covid-19 y con el crimen cometido contra George Floyd resonando en los televisores, en internet, en las redes sociales y en las consciencias.  Pero no se trata solo de un coronavirus del que nada se sabía y de los coletazos de un crimen racial que fue captado prácticamente en vivo. Ari Aster añade un enfrentamiento político causado por la libre determinación; uso y abuso de teorías de conspiración, supuestos activismos adolescentes sin que medie un compromiso serio más allá de querer ligar, un gurú espiritual de los nuevos tiempos, la enfermedad mental, el oportunismo, la sospecha, la xenofobia, el odio. Demasiado.

Eddington (2025)

En medio de ese caldo de cultivo surge, sin embargo, un relato que se sostiene, se pone de pie y camina con un rumbo más decidido del que sus piezas individuales parecen sugerir. Esas piezas confluyen en un personaje protagónico, el del sheriff Joe Cross (Joaquin Phoenix, tan magnifico como siempre) un hombre adolorido que vive con su esposa Louise (Emma Stone) que aparentemente tiene una depresión, y con su suegra, una mujer que ve teorías de conspiración en todo lo que se mueve. Joe se enfrenta a una pandemia que le obliga a usar una mascarilla que él ve como un atentado a su libre determinación y encuentra en el alcalde de Eddington, Ted García (Pedro Pascal) al hombre a quien culpabilizar de su desazón personal. Desde la perspectiva de Joe, García dejó al cuerpo policial del pueblo reducido a dos agentes y es el culpable del estado mental de su esposa. Será ideal derrotarlo en las urnas en la próxima contienda electoral a la alcaldía de Eddington.

Eddington (2025)

Ted tiene un hijo adolescente, Eric, que pretende a una chica, Sarah. La misma atracción por ella la siente Brian, un amigo de Eric. Para conquistarla va a involucrarse en el activismo antirracista de Sarah, sin estar convencido de los propósitos de esas protestas, intensificadas por el crimen de George Floyd, que suma tensión callejera a lo que Joe vive en el plano doméstico: su hogar parece irse esfumando entre los delirios paranoicos de su suegra y la adoración que su mujer profesa por un gurú que parece haber vivido sus mismos traumas de juventud. Entre los alborotos de las protestas y el absurdo de su hogar, el sheriff parece encontrar un punto de ebullición y a la vez una válvula de escape: Joe utiliza el líbelo, pero ya no escrito, sino difundido en unas redes sociales que parecen definir lo que la gente piensa y cree. Todos en Eddington están de una u otra forma frente a una pantalla que los cautiva y los aliena sin remedio. Esto va más allá de estar informados sobre la pandemia, eso es lo de menos. Esa dependencia a Facebook, Instagram, YouTube y a los chats los aísla y los hace creer que son los demás los del problema. En medio de esa cacofonía audiovisual la violencia aparece como el único gesto que todavía promete una certeza. El alcalde García, Sarah, Eric y Brian no son meras piezas del tablero dramático, sino vectores que empujan al sheriff Cross hacia ese callejón sin salida donde el resentimiento se confunde con destino.

Eddington (2025)

En una entrevista con Rocco T. Thompson para Slant (14 de julio de 2025), Ari Aster declaraba que “No hemos metabolizado lo que ocurrió en 2020. Lo que pasó no fue el inicio de nada. Fue un punto de inflexión. Todavía lo estamos viviendo. Ya no estamos en confinamiento, pero el proceso que comenzó allí sigue en curso”. Con Eddington, Aster no busca explicar ni ofrecer consuelo, sino escarbar en las fracturas que el 2020 abrió en el tejido social, grietas en un espejo deformante que siguen distorsionando nuestra percepción del mundo. El filme -un dispositivo de provocación más que una narración complaciente- nos refleja con agudeza pero sin piedad, diseccionando quirúrgicamente una crisis social que aún persiste, donde el virus no es solo biológico, sino un mal endémico del alma humana, alimentado de cada pantalla que nos hipnotiza, de cada sospecha que nos envenena. En esta fábula contemporánea, teñida de paranoia y rencor, Aster nos pellizca la memoria colectiva, sacudiéndonos para que despertemos del trance colectivo en el que nos encontramos.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.