La Grazia, de Paolo Sorrentino

Paolo Sorrentino no temió caricaturizar y burlarse de dos prominentes presidentes del consejo de ministros de Italia, Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi, en esas biopics feroces que fueron, respectivamente, Il Divo (2008) y Loro (2018), pero a la hora de hacer una película sobre la figura del presidente de la República de su país optó no solo por la ficción, sino además por una bienvenida mesura. El magnífico actor Toni Servillo, quien dio vida a Andreotti y a Berlusconi, encarna ahora al presidente Mariano De Santis. Es el actual inquilino del Palacio Quirinale y está a solo seis meses de dejar el cargo. Ese personaje no está inspirado en algún presidente puntual -pasado o presente- de Italia, pero Sorrentino admite que tiene rasgos de varios de los mandatarios de su país. Quizá por eso le concede una dignidad de la que carecían sus retratos políticos previos. También porque la película no partió de la figura presidencial, sino de una petición de perdón que un condenado a una larga pena de cárcel le envió al presidente italiano. Sorrentino vio ahí la posibilidad de explorar las decisiones y dilemas de un mandatario en ejercicio. Más aún, en la etapa final de su presidencia y de su vida pública.

La Grazia (2025)

De Santis es ante todo un jurista, un abogado metido a político, pero que tiene un elevado sentido de la justicia y de cómo y con cuánta responsabilidad se administra, así muchos lo tilden de pasivo o demasiado dubitativo, empezando por su hija Dorotea (Anna Ferzetti), también abogada, y que obra como su asistente. El drama de La Grazia (2025) gira sobre unas decisiones que el presidente debe tomar antes de dejar el cargo: conceder el indulto (la gracia de la que habla literalmente el título) a dos reos y aprobar la ley de eutanasia. La presión que siente al respecto -el Papa incluido- contrasta con la distancia emocional que De Santis le imprime a estos actos de gobierno que no pretende abordar a la ligera. Pero, además, debe lidiar con el recuerdo de su esposa Aurora, ya fallecida, a la que no le perdona algo que aún a él le duele y no lo deja en paz.

La Grazia (2025)

La Grazia prácticamente no abandona los interiores del palacio de gobierno, excepto para sendas visitas a los presos que han solicitado el indulto. Esas conversaciones añaden un rostro, una historia y por ende peso a la decisión que el presidente debe tomar, si es que acaso concede dichos indultos. Mientras tanto vemos al presidente en el Quirinale en visitas y actos de gobierno que tienen el toque absurdo de Sorrentino: la impotencia diplomática ante la visita del presidente de Portugal malograda por la lluvia; el ser seducido discretamente por la bella embajadora de Lituania; la video performance de la inauguración de una muestra de danza contemporánea, la agonía de Elvis, el caballo insignia de la cuadra presidencial, la conexión unilateralmente inadvertida con un astronauta italiano en órbita a quien ve llorar y en cuya soledad es posible que De Santis se refleje.

La Grazia (2025)

En contra de lo que podría pensarse, la película no se mueve con lentitud, sino con elegancia, con el ritmo que da la prudencia que De Santis imprime a todos sus actos y que revelan, ante todo, la humanidad con la que Paolo Sorrentino dotó a este personaje protagónico, un mandatario que fuma a escondidas de su hija, que se divierte escuchando rap y que entiende que la duda es aquello que le impide lanzarse al vacío de las decisiones apresuradas y que luego van a cobrarle. Tarde en su vida para la pasión, el presidente De Santis encuentra en la gestión de sus dilemas algo parecido: la gracia, que él define ante una periodista como “la belleza de la duda”.

La Grazia (2025)

Sorrentino apunta a que esa lucidez melancólica del presidente no se debe a convicciones y certezas monolíticas, sino a su capacidad de dudar incluso después de haber ya decidido. Para él, decidir no elimina la incertidumbre. En el ocaso de su vida y de su carrera ha encontrado la gracia: un punto donde deja de necesitar respuestas y es capaz de abrazar la fragilidad y la ambigüedad como algo que le aligera la consciencia y lo deja en paz. En una conversación previa el Papa le había dicho “Dios sugiere preguntas y evita cuidadosamente dar respuestas. Nos mantiene vivos con el misterio. No es nuestra tarea dar respuestas. No es tarea de la ciencia, ni siquiera de la ciencia del derecho”. Se ve que el presidente De Santis le estaba prestando atención.

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