¡La novia!, de Maggie Gyllenhaal

Dado que Mary Shelley nunca escribió una secuela a Frankenstein en la que el monstruo llegara a tener una compañera, la única referencia disponible para Maggie Gyllenhaal al escribir y dirigir  era cinematográfica. Se trataba de La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), de James Whale, donde Elsa Lanchester interpreta un doble rol: el de Mary Shelley y el de la criatura femenina que, aunque da título a la película, aparece en pantalla durante menos de cuatro minutos y medio. Shelley funciona allí como narradora, en un prólogo que introduce los acontecimientos que veremos después. Gyllenhaal lleva esa relación un paso más allá. En ¡La novia! el espíritu de Mary Shelley toma posesión del cuerpo de una mujer llamada Ida, y a través de ella emerge la figura de la novia. Y no se trata de una simple posesión. Mary Shelley también dialoga con Ida; ambas conciencias conviven y se comunican dentro de la misma mente. Como en la película de Whale, los dos papeles recaen en una sola actriz, Jessie Buckley. El resultado es cuando menos provocador: Ida no es un recipiente pasivo, sino el escenario de una conversación bidireccional entre la autora y la mujer cuya vida ha sido invadida por su imaginación.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

Recordemos que en Frankenstein, la novela que Mary Shelley escribió en 1818, Víctor Frankenstein decide destruir la criatura femenina antes de terminarla, temiendo las consecuencias de crear una segunda entidad como el monstruo. La “novia” queda así como una posibilidad truncada dentro del relato, una idea que la autora introduce y luego cancela abruptamente. Maggie Gyllenhaal convierte ese vacío en el verdadero motor narrativo de ¡La novia!. Shelley, desde ultratumba, parece decirnos que si el nacimiento del monstruo ya estremeció a los lectores, la historia de su compañera —si hubiera llegado a existir— sería todavía más inquietante, pues va a partir de su propia rabia contenida, de su inconformidad inveterada con la sociedad patriarcal que la limitó. Y ahora que tiene la oportunidad de encarnarse en una mujer viva, decide aprovecharla.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

Llega para ella la hora de reabrir una historia que había quedado suspendida, como si el mito de Frankenstein todavía necesitara una última pieza para completarse. Y esa pieza, obviamente, es la novia. Pero, por supuesto, para lograr sus fines, la Mary Shelley de ¡La novia! necesita a una mujer de características muy particulares. Ida resulta perfecta: es una escort en el Chicago de 1936, habituada a moverse entre mafiosos locales y ambientes donde la violencia y el peligro forman parte de la vida cotidiana. Cuando Mary Shelley toma posesión de su mente y de su cuerpo, esa irrupción altera su comportamiento y la convierte en una presencia incómoda, ruidosa e indiscreta. Ida empieza a ser percibida como una anomalía, y en ese universo de mafiosos y ajustes de cuentas las anomalías se eliminan.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

Que el monstruo creado por Víctor Frankenstein en el libro que Mary Shelley escribió, esté también en Chicago en ese mismo momento y que, además, esté anhelando una compañera es claramente un regalo gratuito del guion de Maggie Gyllenhaal. Una coincidencia deliberada que permite que las dos líneas del mito —la del monstruo abandonado a su suerte y que atraviesa siglos de soledad y la de la novia que nunca llegó a existir— finalmente se encuentren dentro de la misma historia. Ahora solo hace falta una científica “loca”. Ese papel recae en el personaje que interpreta Annette Bening, encargada de revivir a Ida y de dar el puntapié inicial al experimento que convertirá a esa mujer —ya poseida por la voluntad de Shelley— en la criatura femenina que la novela dejó inconclusa.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

Christian Bale interpreta al monstruo de Frankenstein —Frank— con más patetismo que caricatura, alejándose del tono grotesco que suele acompañar al personaje, mientras Jessie Buckley —Penelope Rogers, Pennie, Ida y, finalmente, solo “la novia”— construye un personaje impredecible y volátil. En su doble condición de poseída por Mary Shelley y luego reanimada, esta mujer se convierte en un ser violento, vengativo y plenamente consciente de su condición feminista. No es una criatura pasiva ni trágica, sino una fuerza disruptiva capaz de generar una especie de metástasis de su postura entre otras mujeres. Su rebeldía –entre justiciera y vengativa- se propaga como un virus: ella misma la describe como un “ataque cerebral”, una suerte de descarga que despierta en las mujeres que se enteran de sus andanzas una conciencia ferozmente anti-establecimiento y anti-patriarcal. De ese modo, el personaje deja de ser solo la compañera que el monstruo anhela para convertirse en algo inesperado: un foco de insurrección.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

El gesto feminista de Maggie Gyllenhaal se prolonga también en el personaje que interpreta Penélope Cruz. En el Chicago de los años treinta que imagina ¡La novia!, su personaje es en realidad una detective, pero en la práctica se ve obligada a simular que es la secretaria de su compañero para poder moverse dentro de una profesión que, en esa época, no concebía a una mujer en ese rol. Mientras la detective de Cruz se ve obligada a disimular su autoridad, la criatura reanimada encarna exactamente lo contrario: una mujer que no acepta ningún papel asignado y que responde con violencia a las estructuras que pretenden encasillarla y controlarla.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

Esta película se inspiró en otra y quizá por eso es profundamente cinéfila. Aqui el monstruo de Frankenstein aparece como un inesperado enamorado de las comedias musicales de la época. En la penumbra de las salas de cine encuentra un refugio y también un modelo de vida posible. Entre las figuras que observa en la pantalla hay una que lo fascina particularmente: Ronnie Reed, interpretado por Jake Gyllenhaal, un actor que Frank convierte en objeto de admiración y de emulación, aunque sea únicamente en su imaginación. Esa cinefilia, sin embargo, terminará siendo también su perdición. Pero si el monstruo e Ida se deleitan con esos musicales en blanco y negro, Maggie Gyllenhaal introduce otro referente cinematográfico para caracterizar a esta extraña pareja de amantes en fuga. La dinámica entre ambos remite de manera bastante explícita a Bonnie and Clyde (1967), de Arthur Penn. Como en aquella película, la relación entre los protagonistas se articula alrededor de la marginalidad, la violencia y una suerte de romanticismo criminal que convierte la huida en trágico destino compartido, mientras dejan un reguero de víctimas por donde pasan.

¡La novia! (The Bride!, 2026)

En ¡La novia! el mito de Frankenstein termina filtrándose a través de la historia del cine con James Whale como referente primario, con los musicales de Hollywood como contrapunto de época y con el “nuevo Holywood” que inaugura Bonne and Clyde como  horizonte estético para esta pareja de fugitivos. Entre esos tres polos —el horror gótico de los años treinta, la fantasía escapista del musical y la violencia romántica del cine americano de los sesenta— Maggie Gyllenhaal arma un territorio híbrido donde ambas critaturas encuentran finalmente una historia propia, totalmente inédita y absolutamente arriesgada. No es una película complaciente: es la fantasía feminista y cinéfila de una autora que con La hija oscura (The Lost Daughter, 2021) emprendió un camino artístico que ¡La novia! radicaliza y empuja hacia territorios todavía más libres y provocadores.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.