El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho

La primera escena de El agente secreto (O Agente Secreto, 2025), de Kleber Mendonça Filho, anticipa el tono y la atmósfera de este largometraje: un filme en el que —como en esa secuencia inicial— conviven la muerte, el exotismo, el realismo mágico, la corrupción de las autoridades y el miedo. Todos esos elementos giran caóticamente alrededor de un hombre cuya historia -que en esa escena casi surrealista en una improvisada gasolineria aún ignoramos- ejemplifica y resume la de muchos perseguidos por la dictadura militar de Brasil, en el poder entre 1964 y 1985. El director y guionista construye un personaje protagónico —Marcelo— que funciona como prototipo, un compendio hecho con retazos de múltiples historias de hombres perseguidos por sus ideas políticas, por oponerse a un régimen que suspendió derechos, llevó al exilio —a quienes tuvieron suerte—, desapareció y asesinó. Con él, Mendonça Filho parece invocar la memoria colectiva de un país y de una época que no pueden beneficiarse de la amnesia que trae el paso del tiempo.

El agente secreto (O Agente Secreto, 2025)

“Nuestra historia tiene lugar en Brasil en 1977, una época llena de travesuras…”, anuncia un letrero al inicio de la narración. Pero aunque sea época de Carnaval, esas “travesuras” no parecen festivas sino políticas. Brasil está entonces bajo la dictadura del general Ernesto Geisel y el miedo impregna el ambiente. Estamos en Recife —calurosa, exuberante, sensual, atravesada por supersticiones y relatos orales—, pero la ciudad es retratada como refugio de quienes han debido abandonar su trabajo, su familia y hasta su propia identidad para convertirse en fantasmas: exiliados dentro de su propio país que buscan una salida, una solución, un exorcismo —en forma de visado y pasajes aéreos al exterior— que los purifique. En Recife han encontrado, mientras tanto, unas manos solidarias, un hogar de paso clandestino donde no se hacen preguntas incómodas y donde cada fantasma arrastra en silencio las pesadas cadenas de su pasado.

El agente secreto (O Agente Secreto, 2025)

Marcelo (un fenomenal Wagner Moura, ganador del premio al mejor actor en Cannes) es uno de esos espectros. No es un héroe clásico ni un mártir ejemplar, sino un hombre en tránsito, alguien que intenta sobrevivir en medio de una maquinaria estatal que despersonaliza y aplasta. Su condición de “agente secreto” parece menos un oficio que una condena: la necesidad de esconderse, de fragmentar su identidad, de desconfiar incluso de quienes le ofrecen ayuda. En esa sustracción del yo, en esa desaparición forzada que comienza antes de la muerte —y que en muchos casos la anticipa— se condensa la experiencia de toda una generación, una experiencia que dejó marcas no solo políticas, sino también mentales y espirituales.

El agente secreto (O Agente Secreto, 2025)

A diferencia de Aún estoy aquí (Ainda Estou Aquí, 2024), de Walter Salles, que abordaba la dictadura desde la perspectiva del drama familiar y la resiliencia de quienes esperan recuperar a sus desaparecidos, Mendonça Filho opta por otra vía. El agente secreto no se construye desde la mesura sino desde la crispación. Su relato transmite la alteración mental y social que produce vivir bajo un régimen del miedo, y por eso la película deriva hacia el realismo mágico, los mitos urbanos, el exotismo, la exaltación sensorial y un color local intensamente brasileño. No busca la sobriedad del duelo personal, sino el vértigo de la paranoia colectiva. El director no le teme al exceso, ni a la deriva narrativa, lo suyo es incomodar, desestabilizar al espectador, obligarlo a habitar un mundo donde lo insólito y lo cotidiano se confunden y donde la amenaza nunca termina de adquirir una forma precisa. Esa apuesta por la saturación —visual, sonora, emocional— no es un capricho estilístico, sino la traducción formal de un estado histórico (e histérico): la sensación de que en esas condiciones sociopolíticas tan adversas la realidad misma ha perdido su eje y de que, bajo la dictadura, nada podía exactamente ser considerado como normal.

El agente secreto (O Agente Secreto, 2025)

Marcelo tiene un hijo, Fernando, que es aún un niño, y que por necesidad vive con sus abuelos maternos. El director Kleber Mendonça Filho ha mencionado en varias entrevistas que ese niño es él a esa edad, que comparte con ese personaje el momento histórico, la ciudad que habita y las ganas de ver Tiburón (Jaws, 1975), que se proyectaba en esos momentos en los cines de Recife. El abuelo de Fernando es proyeccionista en uno de los teatros de la ciudad, uno de esos palacios del cine que Mendonça Filho retrató con nostalgia en su documental Retratos fantasmas (2023) y que fue la inspiración para la vertiente cinéfila de El agente secreto. He ahí la oscuridad de la sala de cine que proyecta historias, pero que también  oculta encuentros sexuales clandestinos: la penumbra que es cómplice, escondite y refugio. En ese teatro se decide el futuro de Marcelo y ahí nos enteramos de su verdadera historia. No es casual que de los muchos espacios públicos de Recife sea un teatro el que albergue las conversaciones y situaciones decisivas sobre su futuro. En este caso la evasión de la realidad que propone la proyección de una película –como las que se exhiben ahí en Recife- se convierte en una posibilidad real: poder evadirse de la represión e imaginar otra vida a kilómetros de distancia. Sin embargo, el director también se encargará de recordarnos que el escape que propone el cine es fruto de una ficción, una que no necesariamente se prolonga cuando el proyector se apaga, las luces se encienden y todo vuelve al lugar del que partió.

El agente secreto (O Agente Secreto, 2025)

El agente secreto es un gran flashback. En realidad la historia de Marcelo está siendo evocada desde el presente –desde este siglo XXI- por dos estudiantes universitarias que están trascribiendo los audios de sus declaraciones y de aquellos que se involucraron con él. Ellas se interesan por su historia como se interesan por la de muchos otros hombres y mujeres que vivieron en esa época y que permanecen en el anonimato. Marcelo –desde la ficción que propone el director- no fue un prócer, ni un líder, ni un ídolo. Su vida solo fue importante para su entorno familiar, pero eso no quiere decir que su padecimiento haya sido en vano o que su destino carezca de relevancia. Él representa un símbolo colectivo de lo que supuso el ser capaz de resistirse a lo establecido: no estamos aquí ante una biografía individual, sino  -a través de él- contemplando una polifonía de voces, un tejido amplio de experiencias truncadas que componen el verdadero y doloroso rostro de una época.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.