Tierra de mi padre, de Paweł Pawlikowski

Georges Motschan, un amigo de la familia Mann, le dice a Thomas Mann una frase que define el dilema del director frente a su decisión de visitar Alemania en 1949, tras 17 años de exilio: “Si se queda en California, le odiarán, pero si regresa a Alemania le odiarán porque se fue a vivir a California. Si viaja únicamente a ciudades del Oeste, dirán que es un títere de los americanos, pero si va al Este, lo acusarán de simpatizar con los comunistas”. Esta declaración la recoge Colm Tóibín en la biografía novelada de Thomas Mann, El mago.  Ese libro fue el que le propusieron adaptar al cine al director polaco Paweł Pawlikowski, pero él optó por tomar de ese texto solo un segmento: el la visita de Thomas Mann a su patria en la posguerra. De ahí surge Tierra de mi padre (Fatherland, 2026), que le dio a Pawlikowski el premio al mejor director en el Festival de cine de Cannes.

Tierra de mi padre (Fatherland, 2026)

Esta película de tan solo 82 minutos destila, sublima y se da muchas libertades artísticas para narrar un episodio difícil en la vida de un hombre lleno de gloria, que había recibido el premio Nobel de literatura en 1929 cuando apenas llevaba tres novelas publicadas, pero que tuvo que exiliarse tras el ascenso del nazismo al poder. Ahora era 1949, se conmemoraba el bicentenario del nacimiento de Goethe y la ciudad de Frankfurt le había concedido a Mann el premio Goethe. Se antojaba una buena oportunidad de recorrer varias ciudades europeas hablando de ese enorme poeta y novelista… y de regresar a esa Alemania que tanto dolor le había causado y que en el fondo tanto añoraba.

Tierra de mi padre (Fatherland, 2026)

En realidad no regresó con su hija Erika (interpretada por  Sandra Hüller), sino con su esposa Katia, pero Tierra de mi padre –ya lo advertía antes- no es un biografía fidedigna, sino una reinterpretación de unos eventos que sucedieron en un lapso mayor y con otros protagonistas, pero que Pawlikowski condensa para fines dramáticos. Su intención es hacer de esa visita a esa patria –en ruinas y dividida entre Occidente y Oriente- una prueba personal y política para Mann. Ponerlo en una encrucijada y ver cómo reaccionaba ante unas situaciones que involucran a su hijo mayor, Klaus, un hombre absolutamente disoluto, a Erika –que también siguió en el pasado los pasos extravagantes y libertinos de su hermano; y a sus convicciones humanistas y políticas, pues decide ir a Weimar, en el lado alemán controlado por los soviéticos, pese a las advertencias de la CIA –Mann ya era ciudadano estadounidense- de que no lo hiciera. Su corazón alemán sencillamente estaba partido en dos.

Tierra de mi padre (Fatherland, 2026)

Thomas Mann (encarnado por el veterano Hanns Zischler) aparece ante nosotros como un hombre imperturbable y frío, incapaz de alterar sus planes así haya una tragedia familiar de por medio. Es un hombre impasible, quizá en shock por presenciar las ruinas materiales de su país, por enterarse del desmoronamiento de su hijo y por estar sometido a tantas presiones políticas externas, cuando su deseo es expresar un pensamiento humanista afín a la corriente de Goethe, que muchos ven como ingenuo, anticuado y egocéntrico, empezando por la propia Erika. Es un autor, en su vejez, metido en un laberinto emocional, social y de lucha de poderes. Lo veremos tratar de hacer lo que su consciencia le dicte, así le adviertan de su posible equivocación.

Tierra de mi padre (Fatherland, 2026)

Rodada en el formato académico y en el esplendoroso blanco y negro al que Pawlikowski nos tiene acostumbrados, Tierra de mi padre recrea un momento anecdótico, pero profundamente significativo para un autor que parecía tener siempre el control de sus ficciones literarias, pero no exactamente el de su propia vida. Si desde el cine pensamos en un académico anciano que recorre en auto su patria para recoger un premio, mientras reflexiona sobre su vida y su pasado, debemos pensar primero en Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) del maestro Ingmar Bergman. Acá Paweł Pawlikowski recoge esa idea y esa herencia –hay una escena onírica muy bergmaniana- y la concentra en la figura de un autor universal, real, que vivió entre nosotros. Sentado entre las ruinas de un edificio en la Alemania oriental donde afinan un órgano en el que interpretan Jesús, alegría de los hombres, de Bach, Thomas Mann demostró ser tan falible y tan susceptible a la belleza y al dolor como cualquiera de nosotros. Era el momento, por fin, de ponerse en paz consigo mismo.

©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.