Cuando Stanley Kubrick estaba por hacer Dr. Stangelove (1964), partiendo de la novela “Red Alert” de Peter George, tomó la decisión de vincular como coguionista al escritor satírico Terry Southern. Esto despojó de solemnidad a la película y la convirtió en una farsa: esa fue la mejor manera de abordar desde la ficción a la geopolítica en plena guerra fría y evitar conflictos con la censura y con el gobierno estadounidense. La sátira siempre será la salida si un autor desea expresar una opinión que pueda ser malentendida o que vaya dirigida a públicos o autoridades particularmente puntillosas. Por eso, Digger (2026) es una sátira: Alejandro González Iñárritu es valiente, pero no suicida.

Una película que critica de frente al capitalismo representado en la industria del petróleo de los Estados Unidos y que vincula incluso a la presidencia del país no podía ser narrada como un drama verista. Mostrar el absurdo de la codicia capitalista considerando el gobierno que en 2026 ocupa la Casa Blanca requería de mucha inteligencia para blindar el relato de cualquier asomo de posibles represalias. Es más, Iñárritu y sus otros tres coguionistas envuelven la narración dentro de otra y la ubican en un futuro no muy lejano, para distanciarla aún más de la actualidad, pero no por ello suavizan el mensaje y la advertencia que quieren darnos. Por el contrario, sienten así más libertad de denunciar desde el esperpento y lo grotesco, a un estado de las cosas que ellos quieren que sepamos.

Quizá por todo esto la película tiene un tono tan irritante. Está hecha para cuestionarnos, para que nos duela, para que veamos hasta dónde llegan el poder y la falta de escrúpulos de las fuerzas económicas imperantes. Todo está centrado en la figura de “Digger” Rockwell (Tom Cruise), un magnate del petróleo norteamericano que vive su crisis más aguda: un desastre ecológico casi apocalíptico a escala mundial que lo implica directamente a él y a su empresa, e indirectamente al gobierno estadounidense. La manera en la que el magnate, sus asesor principal en temas de seguridad ambiental y el gobierno afrontan ese desastre –con soluciones descabelladas muy a lo Dr. Strangelove– constituye el núcleo central de “este” relato lleno de excesos. Las comillas que puse se deben a que el que acabo de describir no es el único relato de Digger: esta es una película meta cinematográfica.

Quizá desde el momento en que nos damos cuenta que la gata de “Digger” es un muñeco animado y no un animal real empezamos a sentir cierta extrañeza. Algo parece indicarnos que lo que vemos no es exactamente real, que parece una representación, una alegoría. Después, cuando explícitamente se nos cuenta que la historia del petrolero y el desastre ecológico que causó esté embebida en otra narración completamente diferente, eso cambia del todo la perspectiva de lo que estamos viendo. Esa ruptura de la “cuarta pared” lo que hace es darle sentido al absurdo que hemos presenciado y mostrarnos de primera mano las consecuencias que esos actos de codicia empresarial y gubernamental podrían llegar a provocar en un futuro no tan lejano, pero sí muy distópico. Pasamos de lo que podría pasar a lo que ya pasó. Estamos presenciando las consecuencias y por eso el destino final de “Digger” es tan celebrado: se trata de una catarsis colectiva.

Nadie podría acusar a Alejandro G. Iñárritu de convencional y de conformista. Lo suyo es un salto de fe permanente –Babel (2006), Biutiful (2010), Bardo (2022)– y Digger es un escalón adicional y muy arriesgado en esas búsquedas formales y narrativas que lo caracterizan. Es una película demasiado amarga para su propio bien, demasiado punitiva y carente de humor. Su antihéroe es un collage de las peores consciencias humanas y verlas ahí reflejadas constituye un ejercicio difícil de soportar, porque nos obliga a reconocer en él algo de nosotros mismos. Y eso cuesta.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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