En el estado actual de las comedias que nos ofrece la industria, es fácil catalogar las películas del director, guionista y compositor John Carney como cursis, ingenuas, sentimentales y anticuadas; pero en la subjetividad que toda opinión implica, prefiero este cine amable y con capacidad de emocionar, a los filmes que buscan sacar humor de situaciones absurdas, de la burla despiadada o del mal gusto. Además el cine de John Carney tiene un elemento distintivo y que él sabe aprovechar a su favor: la música. Desde Once (2006), sus largometrajes giran en torno a la música como leitmotiv dramático y eso las convierte en una experiencia entre nostálgica –cuando apela a canciones que ya son parte de nuestra sonora vital– y de descubrimiento, cuando recurre a melodías nuevas que quiere presentarnos.

Letras robadas (Power Ballad, 2026) sigue esa misma línea temática. Es la historia de Rick Power (Paul Rudd), el cantante de un quinteto –The Bride & Groove- que ameniza bodas en Dublín haciendo covers de éxitos de rock y rock. Son cinco hombres que algún día tuvieron ambiciones musicales mayores, pero que han debido conformarse con ganarse la vida de esta manera. El éxito artístico –como a la mayoría de nosotros los mortales– no los bendijo. “No somos estrellas de rock, Rick. Somos rocolas humanas”, le recuerda el líder del grupo a su cantante, que de vez en cuando intenta meter en el repertorio alguna canción propia, una de ese pasado que parecía promisorio y que terminó convertido en un presente modesto, con una familia irlandesa que sostener.

Una casualidad pone a Rick y a su banda a alternar con una joven estrella que sí tuvo ese éxito que ellos no. Uno de los invitados a una boda lujosa en la que tocan es Danny Wilson, un ex integrante de una “boy band” y que ahora busca establecer una carrera como solista. El novio le pide que cante en la boda y de repente ahí está The Bride & Groove tocando nada más ni nada menos que con una megaestrella pop y a Rick cantando junto a él un cover de “I Wish”. Que a Wilson lo interprete Nick Jonas convierte ese rol en un personaje prácticamente autobiográfico: él propio Jonas podría perfectamente estar sintiendo las presiones de la industria musical para que establezca una identidad aparte del grupo musical del que se separó y eso implica desarrollar no solo una carrera como intérprete, sino también como compositor.

La noche de la boda, al término de la celebración, Danny y Rick por casualidad terminan departiendo en la habitación privada del cantante, y la joven estrella le comparte las canciones que está creando. Hay un ir y venir de consejos y sugerencias de parte y parte, creaciones espínatelas y revelaciones de canciones nunca terminadas. Una buena velada que termina en que seis meses más tarde Danny Wilson estrena un sencillo que termina en el top de las listas de éxitos y que Rick Power no tiene dudas de que se trata de una canción suya, una que nunca pulió ni terminó, y que Danny se apropió de ella. Estás en Dublín, eres prácticamente un don nadie sin pruebas de lo que afirmas y quieres hacerle el reclamo de la autoría de tu canción a un cantante inaccesible que vive en Los Ángeles y cuyo manager te advierte de las consecuencias legales que afrontas de seguir acosando a tu cliente. Parece un caso perdido.

No es lo mismo el borrador de una canción que un tema ya completo, producido e interpretado por una estrella, pero para Rick esto es un asunto de dignidad. Por eso Letras robadas es sobre la convicción, sobre el reclamar lo que por derecho le pertenece así todo esté en contra. Es también la oportunidad que tiene Rick de demostrarse que fue autor de un hit, que sí era capaz de componer algo que pudiera trascender, así fuera con otra voz. Y que si ese interprete le robó la canción, nunca le va a poder arrebatar el sentido íntimo de ese tema, la motivación y la inspiración que lo llevó a escribirlo. Ahí radica la diferencia entre autor y cantante. Y en esa pureza está el triunfo último de Rick Power.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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