“¿Sabes cuándo algo parece una locura y al mirarlo de otra forma cobra sentido?” –le dice Roy Neary (interpretado por Richard Dreyfuss) a su esposa Ronnie mientras él arranca todas las plantas del jardín exterior de su casa y empieza a arrojarlas por una ventana hacia la cocina de la vivienda, junto a tierra, ladrillos, rejas y todo el material que encuentra a su disposición para, dentro de la casa, hacer una réplica a escala de una montaña que parece el cuello de un volcán. Él no sabe para qué está haciendo eso, solo sabe que está impelido a llevarlo a cabo. Hay una fuerza superior a él que lo impulsa a comportarse así. Roy es uno de los protagonistas de Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977), la primera de las películas de Steven Spielberg en abordar uno de sus temas obsesivos como autor: el del contacto extraterrestre.

En el comportamiento errático –y a la vez decidido- de los dos protagonistas de El día de la revelación (Disclosure Day, 2026), Margaret (Emily Blunt) y Daniel (Josh O’Connor) es fácil ver la tozudez determinada de Roy Neary: los tres han tenido un encuentro extraterrestre que los transformó (y los trastornó) y ahora tienen una misión. El patrón de ambas películas es el mismo en ese aspecto, como un guiño de Spielberg a los seguidores de su cine. La diferencia estriba en las dimensiones de esa misión. Si en Encuentros cercanos del tercer tipo Roy hace un esfuerzo enorme por “buscar respuestas” mediante el contacto extra terrestre a gran escala, Margaret –una presentadora del pronóstico del clima en un canal de televisión de Kansas City- y Daniel, un genio de las matemáticas y los datos, tienen un propósito superior: dar a conocer al mundo las evidencias secretas que desde hace 79 años confirman la presencia extraterrestre entre nosotros.

El día de la revelación es, pese a eso, sencilla en su planteamiento: un grupo pequeño de iniciados que quieren subvertir el statu quo imperante poniéndose en peligro para sacar a la luz la verdad, mientras los miembros de una empresa privada, Wardex, que maneja, controla y explota esa información para el gobierno estadounidense, buscan impedirlo por todos los medios necesarios, incluyendo ingeniería inversa, adquirida de fuentes no humanas. La película empieza con la misión ya en marcha, ahorrándose así muchas explicaciones (y quedando debiéndonos algunas), y tanto Margaret, Daniel y los espectadores tendremos que irnos enterando simultáneamente de lo que ocurre. Buen punto para Spielberg el de confiar en la inteligencia del público y optar porque descubramos qué pasa sin que él tenga que guiarnos a todo momento. Como puede intuirse, El día de la revelación implica una persecución constante, un juego en movimiento del gato y el ratón sin muchos matices: “los buenos” son los sublevados –encabezados por un líder, Hugo (Colman Domingo), cuyo origen es misterioso– y “los malos” son el eje industrial-militar representado, sin escrúpulo alguno, por la cabeza de Wardex, Noah Scanlon (Colin Firth).

No deja de ser curioso que esta película se estrene el mismo año en el que el gobierno de Donald Trump ha desclasificado y hecho pública información sobre el fenómeno ahora llamado UAP (Unidentified Anomalous Phenomena). Aunque los documentos, videos y testimonios difundidos en distintas tandas durante los últimos meses no constituyen —por ahora— una prueba concluyente de presencia extraterrestre, sí han desplazado el debate desde el terreno de la conspiración hacia el del secreto institucional y el derecho del público a conocer qué saben realmente sus gobiernos. Por eso, El día de la revelación parece menos una película de ciencia ficción que una película sobre el deseo contemporáneo de pensar que existe una verdad retenida en alguna parte y que alguien se ha encargado de ocultarla. Spielberg, que en Encuentros cercanos del tercer tipo filmó el contacto extraterrestre como una experiencia de asombro casi místico, aquí parece más interesado en otra pregunta: no qué hay allá afuera, sino quién decide qué puede saberse sobre ello y quién controla el acceso a esa revelación.

El clímax de la película es el deseo ferviente que tiene Spielberg de que todo, absolutamente todo —Roswell, teorías de conspiración, avistamientos, testimonios, leyendas urbanas, videos caseros, memorandos filtrados, círculos misteriosos en cultivos británicos, lecturas de radar— sea una verdad irrefutable. La secuencia en que una presentadora de noticias de NBC (interpretada por Courtney Grace) interrumpe la información sobre la inminencia de una tercera guerra mundial para dar paso a este reporte de última hora es magistral. Ella reacciona al aire con el desconcierto y el pasmo que probablemente tendría cualquiera de nosotros frente a una noticia semejante y, aunque nunca pierde la compostura, deja entrever en cada frase una mezcla de emoción, incredulidad y asombro. En ese instante, más que representar a un personaje, parece encarnar algo más amplio: la expectativa colectiva de que algún día alguien confirme que aquello que durante décadas fue rumor, sospecha o mito era, después de todo, cierto.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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