La cronología del agua, de Kristen Stewart

La escritora estadounidense Lidia Yuknavitch publicó en 2011 su libro de memorias “La cronología del agua” y ahí escribe que “Todos los acontecimientos de mi vida fluyen unos entre otros, entrando y saliendo. Sin cronología. Como en los sueños. Así, cuando pienso en el recuerdo de una relación, o en montar en bicicleta, o en mi amor por la literatura y el arte, o en la primera vez que el alcohol rozó mis labios, o en cuánto adoraba a mi hermana, o en el día en que mi padre me tocó por primera vez… nada sigue una línea recta. El lenguaje es una metáfora de la experiencia. Es tan arbitrario como esa masa caótica de imágenes que llamamos memoria; pero podemos ordenarla en líneas, convertirla en un relato para sobreponernos al miedo”. Cuando Kristen Stewart decidió que ese texto iba a convertirse en su primer largometraje como directora, estoy seguro de que estaba prestando cuidadosa atención a esas palabras porque el filme resultante –La cronología del agua (The Chronology of Water, 2025 – sigue exactamente ese mandato narrativo.

La cronología del agua (The Chronology of Water, 2025

No son inusuales los filmes sobre la niñez y la adolescencia traumatizada por un padre abusivo y maltratador, y por una madre incapaz de oponerse a esos actos; como tampoco son infrecuentes los relatos que nos dan cuenta del impacto y de las consecuencias que esos maltratos crónicos tuvieron entre los que tuvieron que soportarlos y que ahora son unos adultos con traumas demasiado pesados a cuestas. La cronología del agua busca distanciarse de este subgénero dramático al que por naturaleza pertenece, gracias a un guion coescrito por la propia Lidia Yuknavitch  –junto a Kristen Stewart– que transformó la película en una sucesión de imágenes y escenas no lineales en tiempo y espacio, y que buscan -más que ofrecer un relato narrativamente estructurado- dar cuenta de las percepciones, sensaciones, vivencias y traumas que constituyen la persona en la que Lidia –la protagonista- se convirtió.

La cronología del agua (The Chronology of Water, 2025

La actriz británica Imogen Poots da vida a Lidia desde que está saliendo de la adolescencia hasta su adultez. Es una joven mujer cuyas conductas autodestructivas no son más que el reflejo de una infancia rota, cuyos jirones intuimos gracias a unas imágenes en rápida sucesión que privilegian los primeros planos descentrados y que tienen ante todo la atmósfera de un recuerdo del pasado que surge involuntariamente en la memoria, aleatorio y no necesariamente fiel a la realidad.  Ese es exactamente el tono de toda la película: evocador y onírico, sin duda, pero también vindicativo. Lidia no busca nuestra compasión, lo que quiere es que entendamos cuál es el origen de su conducta y de sus actos, que parecen todos condenados al desastre, quizá porque jamás tuvo una figura paterna o materna positiva que como adulta pudiera imitar.

La cronología del agua (The Chronology of Water, 2025

La cronología del agua es la historia de una mujer que busca darle sentido a su vida. Desde su niñez fue nadadora y eso fue una vía de escape (aunque ciertas prácticas de disciplina eran abusivas) que ella supo aprovechar a su favor. El líquido en el que se sumerge se convierte en esta película en un símbolo permanente: humedad íntima, sangre –traumática y menstrual–, saliva, lágrimas, sudor. Secreciones y excreciones físicas; duchas, bañeras, lagos, piscinas. Lidia encuentra entre los líquidos –propios y externos– dolor y placer, castigo y redención. Extremos absolutos porque extrema ha sido su experiencia vital, al punto de la catástrofe personal. Pero son, paradójicamente, esas vivencias convertidas en relatos las que le sirven de purificación. Las que la salvan.

La cronología del agua (The Chronology of Water, 2025

Kristen Stewart debutó como directora con una película de serias intenciones artísticas, al parecer sin importarle poner en riesgo el éxito comercial que pudiera tener La cronología del agua. Formalmente atrevida, corre riesgos con una narración fragmentada que es, sin embargo, y fuera de toda duda, el espejo mental de una mujer que salió de casa hecha pedazos y que dedicó el resto de su vida a juntar, con dificultad, las piezas de su propio ser.

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