Ha sido meteórica la carrera de la actriz francesa Hafsia Herzi. Nacida en 1987 en Manosque, de padre tunecino y madre argelina, obtuvo con Cuscús (La graine et le mulet, 2007) el premio al mejor intérprete joven en el Festival de Cine de Venecia y el premio Cesar a la actriz revelación. Tras ese rol que hizo para Abdellatif Kechiche, trabajó, entre otros, con Alain Guiraudie, Bertrand Bonello, Radu Mihaileanu, André Téchiné y Stéphane Demoustier. Fue para ese director que protagonizó Borgo (2023), que le dio de nuevo un premio Cesar, pero ya en la categoría de actriz protagónica. Cuenta con más de sesenta créditos como actriz en su carrera.

Desde 2019 incursionó en la dirección con Te mereces un amor (Tu mérites un amour) –que también protagonizó- a la que siguió con Bonne mère (2021) –concursó con ese largometraje en la sección “Una cierta mirada” en Cannes- y posteriormente estrenó La pequeña hermana (La petite dernière, 2025), que estuvo en la selección oficial de Cannes y le entregó a su protagonista, la debutante Nadia Melliti, el premio a la mejor actriz en ese festival. Se trata de una adaptación de la novela autobiográfica de Fatima Daas, La Petite Dernière, publicada en 2020 y convertida en guion por la propia Hafsia Herzi.

La “hermana pequeña” del título del filme es Fátima, la tercera hija de una familia de inmigrantes argelinos que residen en París. Es hija de africanos, es musulmana, está a punto de graduarse de un colegio público y no está segura de su identidad sexual. La película la acompaña en un proceso de autodescubrimiento y de reconocimiento progresivo de su lesbianismo, algo que al principio le cuesta aceptar, quizá presionada por sus pares y por las leyes de su religión. Aunque casi que por inercia tiene un novio, le cuesta mostrar interés en él y opta por crear un perfil en una app de citas, mentir sobre su nombre y su origen, y lanzarse a la noche parisina en busca de encuentros exploratorios con otras mujeres.

Es muy curiosa la poca atención que la directora le presta a la familia de Fátima. Su madre y sus dos hermanas mayores están dibujadas siempre desde la perspectiva doméstica –en la cocina- mientras su padre es ante todo una figura patriarcal pasiva y bonachona. Ninguno parece darse cuenta de las actividades nocturnas de Fátima, ni siquiera cuando no amanece en casa. Es como si prefirieren ignorar el tema, no querer involucrarse con él, o –me temo- se trata de una decisión deliberada del guion, que prefirió centrarse en la protagonista y en sus relaciones, que mezclan lo romántico (complicaciones afectivas incluidas), lo meramente sexual (cada vez con más decisión), y la culpa y los remordimientos que sus deseos le generan desde la perspectiva religiosa.

Realmente desde lo cinematográfico La pequeña hermana no es ni novedosa ni reveladora. Palidece, por lo convencional, frente a relatos de coming of age homosexuales como –valga el ejemplo porque lo dirigió Abdellatif Kechiche– La vida de Adèle (La Vie d’Adèle: Chapitres 1 et 2, 2013), no porque este último sea mejor por ser más explícito, sino porque consigue hacer del descubrimiento sexual y afectivo una experiencia cinematográfica mucho más compleja, sensual y conmovedora. Hafsia Herzi parece conformarse con aquí con ilustrar el proceso de Fátima, siguiendo con corrección sus dudas, sus encuentros y contradicciones, pero hay momentos en los que la película parece más interesada en constatar que Fátima está descubriendo quien es, que en explorar realmente lo que significa ese descubrimiento para ella. Hay más embriaguez que reflexión.

La pequeña hermana tiene, eso sí, el merito de abordar la tensión entre sexualidad, identidad cultural y religión sin convertir a Fátima en una víctima ni a su entorno musulmán en un villano castrador. Pero esa mirada demasiado correcta termina siendo también una limitación: la película observa, acompaña y comprende a su protagonista, aunque rara vez se atreve a ir más allá (mírenla jugando futbol y lo entenderán). Y en un relato sobre alguien que precisamente está intentando romper con las convenciones que otros han construido para ella, resulta paradójico que la puesta en escena sea tan poco transgresora, tan convencional, tan prescindible.
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.










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